1.  El profesor, el maestro, el lenguaje académico y las ocurrencias de Moisès Moleiro

Eligio Damas

            Casi paralelamente leìa un trabajo relacionado con el tema educativo, el maestro y el profesor, el manejo del lenguaje y “La perla”, una excelente novela  corta de ese gran narrador que fue John Steinbeck, autor también de “Las viñas de la ira”, ganador del premio Nobel, lo que bastante dice de él, mucho más de lo que podría hacer uno, de poca inteligencia, prosapia, cultura y nivel acadèmico.

            En “La perla”, leì cosas como “No es bueno querer tanto una cosa. A veces ahuyenta a la suerte. Hay que quererla exactamente lo suficiente, y hay que ser muy discreto con Dios o con los dioses”.

            Kino, había subido al bote la cesta de ostras y apartado de ellas aquella enorme, agarrada en el último momento que le hizo volver a la superficie casi con la seguridad que había logrado su propósito. Por eso estaba emocionado, lo que Juana percibió y por ello “trató de apartar la mirada”.  No había, como dijo el narrador, que hacerse muchas ilusiones porque, dicho en el lenguaje coloquial venezolano, eso empava. Y Kino y Juana necesitaban que la suerte les acompañase para poder curar a su pequeño hijo, Coyotito, quien había sido mordido por un escorpión y su cuerpo invadido por el veneno de éste. Y el médico del pueblo, un avaro y agiotista, no curaba a quienes no tuviesen dinero. Ya Kino y Juana habían solicitado su ayuda y aquél no les atendió sabiendo que ellos no tenían como pagarle.

            Y en la narrativa dijo aquello el narrador norteamericano con la mayor sencillez, como, sin dar muchas explicaciones, cuenta que Juana, que antes había intentado sin éxito succionar con su boca el veneno inyectado en Coyotito por el escorpión, vio como la herida y la hinchazón, casi habían desaparecido, en el mismo instante que Kino abrió la ostra y de ella extrajo “la mejor perla del mundo”. Una imagen para decir aquello de “no hay mal que el dinero no cure”.

          Pero en el trabajo sobre el maestro y el profesor, pese se habla de mi profesión a la que dediqué la mayor parte de vida y no en bibliotecas ni oficinas, sino dentro del aula, pese quien aquello escribió, no creo tenga honores y obra, como los del autor de “La Perla”, después de leer y releer fue muy poco lo que pude entender.

           Por supuesto, no pienso que quien ese trabajo escribió no sea experto ,exquisito, hábil y profundo expositor, sino al contrario, que lo es como demasiado para que la gente le entienda. Es decir, él no escribe como Steinbeck o García Márquez y hasta Alejo Carpentier, para que todos, hasta quienes estamos en la baja escala entendamos, sino para una alta élite. Por ejemplo, en “Vuelta a la semilla”, Carpentier hace retroceder el tiempo y rejuvenecer personas y cosas, de manera tan sencilla y perspicaz que uno se asombra de ir entendiendo aquel proceso tan complejo. Escribir como un profesor, un maestro, sobre todo de la narrativa como los antes mencionados, es rebajarse y perder “la sustancia”.

          Cuando éramos jóvenes, pero ya avanzada la década del 70 del siglo pasado, se había hecho muy conocido un escritor, articulista en los diarios, ya muerto, entonces militante del MIR, en ese tiempo que suelo llamar “la segunda etapa” de aquel partido, del regreso del fracaso de la lucha armada, también profesor de la UCV, quien solía escribir como para él mismo y un reducido grupo de académicos que le felicitaban y se felicitaban entre ellos por lo mismo. Era él, escribiendo, como algunos de los profesores que tuve en mi breve estadía en las escuelas de derecho y sociología de esa misma universidad, quienes hablaban “encriptados”, como para ellos solos, no sabían o no les daba la gana expresar en cristiano la ideas que trataban de difundir o enseñar. Y digo trataban, porque entonces sabía por demás que todos los jóvenes que enrabamos a esas clases, salíamos en las mismas, tal como habíamos entrado y había que acudir a la biblioteca, por re y por fa.

       Aquel articulista y docente de la UCV, cuyo nombre me reservo, porque sé el revuelo que eso pudiera causar, no lograba sintonizarse con nosotros que éramos del mismo partido en el cual él hacía el rol de dirigente, pues éramos hasta sus dirigidos.

        Yo sabía de él porque su nombre era muy difundido, ya que se le tenía algo así como una “lumbrera”, “una caja de machetes”, aunque le imagino caliente si uno le hubiese calificado de esa manera tan vulgar y hasta soez. Y todo aquello poníamos interés en leerle, pese nunca le entendíamos nada. Daba como caché, decir hoy leí el artículo de fulano sobre tal cosa, pero de allí  uno no pasaba, En verdad, como en ese tiempo yo ya estaba residenciado en Anzoátegui no había tenido el gusto o la dicha de conocerlo personalmente.

        Un buen día, en unas de esas muy frecuentes visitas que Moisés Moleiro nos hizo en tareas políticas, cuando llegaba con frecuencia a mi casa, le hice el siguiente comentario:

        -“Moisés, te voy a confesar un vaina. Yo no sé si me he vuelto bruto, quizás por dejar de hablar con mas frecuencia contigo y otros compañeros talentosos, como lo hacía antes, pero es que, a ese compañero, lo leo y releo y nunca entiendo a cabalidad lo que dice o plantea.”

        Moisès me miró a la cara y me preguntó. “¿Tú le conoces?”

        -“¡No! Tú bien sabes que es de los nuevos. De los llegados al partido en esta etapa de la legalidad.”

       Volvió a mirarme, esta vez de manera sonriente y me dijo. “Menos mal que no le conoces. Pues si le conocieras y llegaras a hablar con él y si para halagarle se te ocurre decirle que lo leíste y entendiste todo, cogerá una arrechera enorme contigo y èl mismo. Pues èl escribe justamente para eso. Para que nadie le entienda y sus lectores tengan la idea que es un hombre tan culto y sabio que por nuestra incapacidad no le entendemos. Entonces se hará más hermético e incomprensible.”

         Comencé a reírme de aquello y por lo habitualmente irónico que era el “ronco”. Viéndome reír lo hizo él también y agregó:

         “No te preocupes, yo tampoco lo entiendo y casi nadie logra hacerlo. Él, como otros, escribe para una secta. Cree que, decir las cosas en lenguaje comprensible para el común de la gente es rebajarse. Hay que hablar al estilo académico, pues sólo de esa manera hace sea tenido como buen escritor. Aunque debo confesarte, cosa que sabes, el tipo es estudioso, ha leído a todos esos autores que cita, solo que no halla o, mejor no quiere decir lo que ellos  dijeron y èl aprendió de ellos, en lenguaje inteligible para las mayorías.” 

         Por supuesto, para esos escritores, el lenguaje sencillo y más, el uso del coloquial, pese su enorme carga poética y la de imágenes es un recurso balurdo e indigno, un rebajarse, como aquello que tanto me gusta y suelo repetir, por la profundidad que encierra, la sencillez y enorme fuerza comunicativa, usado por Cervantes, o puesto a decir a Francisco Quijano, “Don Quijote”, dirigiéndose a su escudero:

         “Sancho, vayamos a comer. Porque para tener el dominio de las armas, hay que tener el dominio de las tripas.”·