4. Asistiré

 

Ciro Bianchi Ross 

Lo cuenta Renée Méndez Capote en uno de sus libros. Una noche en su casa, al final de una fiesta, preguntaron a Enrique Fontanills, cronista social del Diario de la Marina y oráculo del gran mundo, a cuánto tarifaba los adjetivos que con soltura y ligereza prodigaba en su página, y el aludido, que como amigo y no como cronista acudía siempre a aquellas reuniones, confesó sin ambages, que cobraba según los administraba.

            El orden de precedencia, la belleza, la distinción…tienen su precio, pero solo en “regalos”, precisó, y eso, a su juicio, no era precisamente cobrar. Aclaró que las florerías y los modistos tenían su tarifa que abonaban en “regalos”.  La misma sociedad, comentó el periodista, implantó el orden: una dama encumbrada hace un “regalo” mejor si se le elogia más que a una rival y no falta el “obsequio” de la que pretende que nunca se le diga bella a una enemiga, y entonces yo le digo graciosa, elegante, incluso culta aunque no lea ni el periódico, pero no bella. Dicho esto, recuerda la Méndez Capote, Fontanills pasó a enumerar los increíbles y fabulosos “regalos” que recibía de su numerosa clientela.

            Claro que en esos de los regalos, Fontanills parece no haber superado a Pablo Álvarez de Cañas, cronista social del periódico El País. Dulce María Loynaz que fue su esposa, refiere en sus memorias la fantástica relación de regalos que recibía Pablo en su cumpleaños.

            “Muchas personas solían preguntarme ingenuamente cómo me las arreglaba yo para colocarlos, pues aunque la casa era bien grande parecía imposible darles cabida a todos. A estas preguntas se evitaba siempre contestar, pues hubiera producido lógico desencanto entre los oferentes saber que los objetos elegidos con sumo cuidado y gusto, serían al día siguiente devueltos en casi su totalidad a los establecimientos de comercio de donde procedían… No era posible conservarlos. No obstante, esos regalos no dejaban de cumplir la intención de quienes los ofrecían, pues su valor reconocido en tarjetas de crédito por las correspondientes firmas comerciales, proveía a nuestro hogar de todo lo necesario durante el año”, apunta Dulce María Loynaz en Fe de vida y no menciona, porque dice desconocerla, la cantidad en metálico que se deslizaba en los bolsillos de su esposo en los días de su onomástico.

            Pablo no era hombre de cinco pesos aquí y diez allá, escribe, y no lo necesitaba porque por su misma condición de cronista social tenía los gastos cubiertos. En los grandes restaurantes, por ejemplo, no se le cobraba el consumo ni tampoco a sus invitados, y muchos de esos restaurantes le ofrecían suma nada desdeñables porque se dejara ver en ellos. Aquel hombre elegante y popular ponía de moda los lugares que frecuentaba, y la gente iba a donde él iba.

HABANERAS

Cuando en Cuba se habla de cronistas sociales, los nombres que primero vienen a la mente son los de Enrique Fontanills y Pablo Álvarez de Cañas. Y fueron muchísimos los periodistas que aquí, hasta 1961, vivieron de ensalzar la vanidad ajena. Cada periódico tenia el suyo. No pocos de ellos, por otra parte, desempeñaron el oficio solo durante un etapa de su vida para  pasar a lo que consideraban verdaderamente lo suyo. Tales son los casos, entre otros muchos ejemplos,  del genial caricaturista Conrado W. Massaguer, que hizo crónica social para La Nación; el destacado arquitecto Luis Bay Sevilla, en La Lucha, el crítico de cine José Manuel Valdés Rodríguez, en El Mundo, y Miguel Ángel Campa, en La Discusión, que seria ministro de Estado (Relaciones Exteriores) por lo menos en dos ocasiones.

            Fontanills fue un maestro en lo suyo.  La crónica mundana, tal como la concibió, perduró en la Isla a despecho de aires renovadores.  Creó un estilo cortado, donoso, nuevo, dúctil que manejó con destreza y en el que los adjetivos equilibraban y ponderaban el alcance de las definiciones. Tuvo el acierto de encontrar la frase precisa, escribía, en 1935, el destacado periodista cubano Arturo Alfonso Roselló.

            Larga fue la trayectoria profesional de Fontanills. Comenzó en El Liberal y trabajó, entre otras publicaciones, para La Discusión, La Lucha, El Fígaro y La Habana Literaria, que dirigió el después presidente Alfredo Zayas, hasta atrincherarse, a fines del siglo XIX, en el Diario de la Marina. Se inició allí en la redacción de esas gacetillas en las que lo mismo se habla sobre un libro que acerca de un laxante hasta que un buen día se hizo con la columna de la vida social. La tituló Habaneras e hizo célebre la expresión “Asistiré”. Cuando calzaba con ella el anuncio de un espectáculo artístico movía hacia el evento la curiosidad del público y afinaba, acaso sin saberlo ni importarle, el gusto popular.

            Un día, abrumado por el cansancio que provocan las redacciones, se fue del periódico. Nicolás Rivero, el director-propietario, no demoró en buscarlo.  Cuando retornó, Rivero escribió en una de sus Actualidades: “El Diario no puede estar sin Fontanills, ni Fontanills sin el Diario”,  Falleció en 1933.

            Como periodista, el caso de Álvarez de Cañas es bien distinto. Aunque debe haberlo hecho en los comienzos de su carrera, su esposa no recordaba haberlo visto escribir nunca una sola línea.