1. Maduro y Fedecàmaras.

La metamorfosis y los intentos de levantarse por la Derecha de Gregor Samsa y Betancourt.

Eligio Damas

               En verdad, hoy no amanecí de bala ni nada “arisco”, como el “Chino” Varela Mora, más bien como “atontado” porque, trasnochado estoy por mi casi recurrente insomnio, que tiene tres noches seguidas odiándome o mejor secuestrado; y esto lo sabe mucha gente, porque lo divulgo. Y no estoy así porque me hayan descubierto en los brazos de Trump y “pagado” por el imperialismo, como dice Jorge Rodríguez de Figuera, el del PCV, lo que me han dicho incontables veces desde la juventud y casi adolescencia y lo que ha sido como una maldición porque la mayoría de ellos han terminado abjurando de lo que decían ser, algo así como quien escupe para arriba. Unos se fueron yendo de a poquito, uno tras otro y por años; ahora parecieran metidos en un barco enorme de esos que se dedican al negocio del turismo y así están, cambiando de espacio y posición; quizás sea más seguro y menos costoso o haya quien a todos pague los gastos.       

   Y mi trasnocho que, de hecho, es un sufrimiento, no le gasto en pensar cómo cambiar el mundo y el capitalismo, a la manera de antes. Porque creyendo era una cosa re fácil, entonces pasaba la noche armando un simple esquema, pensando con soldaditos de plomo de largas barbas y hasta ejercitándome como quien va a armar un lego; y, además, también solía invertir mi tiempo libre en ejercicios de romanticismo y adoración de héroes de películas gringas y un poco pensando cómo Vallenilla Lanz, en un “gendarme necesario” o en un dios griego donde Júpiter “tronante” es como el más destacado o héroe, aquellos de Virgilio y Homero. Es decir, no es difícil lo perciba el lector, no me exhibo ni reclamo el derecho de ser seguidor y menos adorador de nadie en particular de la historia reciente de Venezuela. Como decimos los cumaneses “a mí me sacan de esa lista”. Mi visión de la historia y mis malos hàbitos me impiden volverme incondicional de nadie. Posiblemente sólo Bolívar y Sucre pueden gozar de mi respaldo como para llamarme bolivariano y sucrista. ¡Más nadie! Y esto lo digo sin vacilaciones, porque no ando buscando votos ni el respaldo para nada.

              Desde hace años, dejé de creer en el simplismo que, este cambio se logra con unos soldaditos armados y hasta mal armados y entrenados, que asaltan el poder, al frente de ellos un barbudo con cara de Jesucristo o un bigotudo a lo Stalin y una herramienta como planta invasora, que llaman Estado, dispositivo propiedad de quienes antes tuvieron el mando, lo siguen teniendo y no lo van a perder en lo inmediato y funciona como deciden ellos, la realidad y eso que llaman “los medios de producción” y lo supereestructural y cultural, que es como un espíritu encuevado, que darle órdenes cuesta, justo por estar encriptado, y diseñado para que sea uno mismo quien termine invadido y atrapado por sus ramas. Impedido uno de impulsar y hasta parar “transformaciones”, que nos llevan al fracaso y obligado a devolver lo que mal hicimos y, entonces, quedamos atrapados y a la orden de los viejos comandantes de los soldados contrarios que me propuse y ofrecí derrotar. 

             Menos, pudiera convertirme a la idea, que el socialismo es una cosa de recolectores y, cuando mucho, de incipientes sedentarios de pequeños conucos, cuya capacidad productiva sólo alcance para matar el hambre de los participantes en la junta.

             Porque lo que quiero cambiar, hay que cambiarle desde dentro y aprovechando sus propias cepas, fuerzas, impulsos y descomposiciones, transformaciones y atendiendo a su ritmo y no con lo que diga una cartilla hecha observando otro proceso y por lo que alguien allí vio. Y menos con la fuerza que emana de los soldaditos, agregándole carburo, mis disposiciones y de la comparsa genuflexa y de corruptos que me hace bulla y aplaude. 

             Aquella cosa horrible y hasta sancionable de comprar fábricas quebradas, obsoletas, envejecidas y llenas de moho, para dejarlas cerradas como estaban, contrayendo la obligación de pagar la nómina y las prestaciones, lo que antes pagaban los viejos dueños y contribuyendo para que ellos se metieran un buen billete y sonrieran porque le sacaron las patas del charco, no era el camino y todo el mundo lo sabía, pero buena parte lo celebraba, porque le parecía una demostración de cambio de eso que llaman las relaciones de producción y por eso se decía que, hacer aquello, era para que pendejos y soñadores se trasnocharan y se pasaran todo el tiempo haciéndose la puñeta. 

            Como tampoco es valedero “crear” de la noche a la mañana una clase, escogiendo a unos limpios, de poco trabajar y poniéndoles en las manos fortunas para que hagan las veces de clase gerencial, inversionista y creativa y se llame “burguesía revolucionaria”; por lo ilógico, prefabricado que hay en eso, se termina promoviendo la delincuencia y financiando a nuevos enemigos. Tanto es así, que no se tarda en verlos allá en Miami, dentro de una piscina y despotricando contra todo lo que antes fingieron defender.

           Así como uno suele escoger mal sus amigos, también procede igual en lo de seleccionar enemigos. Unos supuestos enemigos entre ellos, cuando se pusieron a evaluar y hablar acerca de sus querencias y deseos y los bodegones, la ropa, las camionetas 4X4, las mujeres bonitas y la avidez de poseer bastante de todo eso para asegurar y hacer en exceso placentera la vida, fue como si uno y otro se hubiesen identificado con contraseñas ocultas, enseñado las partidas de nacimiento y se percataron que eran la misma cosa y hasta panas burdas.

             Aquella supuesta o autocalificada izquierda que creía y sigue creyendo que la sociedad se cambia a fuerza de mandarriazos, como si sólo se trataba de tumbar lo antes construido y dejar que las piedras y la maleza, por su propia cuenta, construyeran el futuro, se repotenció al encontrarse de manera fortuita al lado de Chávez y con ella estuvo Maduro. Este mismo cuenta, en un libro que, ahora no recuerdo si es el de Ramonet o el del ex embajador de Cuba, haciendo las veces de integrante del “primer anillo”, lo que es simple y llanamente un guardaespaldas, del comandante recién salido de la cárcel de Yare, en un despelote se cayeron juntos y fue cuando este, al verle junto a él, en el suelo y reconocerle, le sonrió, con aquella agradable sonrisa suya y le llamó, sin ironía alguna, “¡verde!”, lo que sin duda hacía alusión a un seudónimo asociado a su apellido y sin quererlo, le puso un nombre que le venía como anillo al dedo, pensando uno de la mejor buena fe. Otros dirán otra cosa, es su derecho

           Maduro, un buen día, amaneció, habiéndose descubierto, un poco como Gregorio Samsa, cambiado. Cuando el personaje de la Metamorfosis amaneció convertido en escarabajo, “Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido.”

                 Como para que de repente crea ver en los aliados históricos, como la gente del PCV, los auténticos enemigos que piden aumentos de salarios, sabiendo, convencido por sus asesores, como Jesús Farías que, si algo le ha servido para que la clase empresarial le empiece a respaldar y no se haya resteado contra él, es justamente, pensar como ellos, en que “si algo jode la economía y sube los precios o genera inflación, es darles buenos salarios a los trabajadores”. Además, según le dicen sus asesores, eso mismo que intenta hacer, lo hizo Betancourt, ganó aceptación donde antes no le aceptaban y se fue del poder tranquilo dejando en sustitución uno de los suyos. Nadie le pidió cuentas por nada, ni por los tantos torturados y muertos. Más bien, le llamaron el padre de la democracia,

           Samsa, vendedor ambulante, agobiado por aquella vida, intentaba ponerse de pie, siendo escarabajo, del lado derecho y se volvía sobre su carapacho.

           Maduro, como Gregor, rendido por las fuerzas a las cuales se había estado oponiendo, pero con armas “amelladas”, que en verdad no son eso sino las totalmente equivocadas, porque hasta son las mismas del “enemigo”, repantigado sobre su espalda, como le gusta, dada su anatomía, cada vez que intenta voltearse lo hace por el lado derecho, por aquello de las armas, empezando por las que porta en su cerebro y el de los suyos, pues están programadas para dirigirse a esos espacios. Y cuando intenta rebelarse hasta contra sí mismo y los suyos, y levantarse por el lado contrario, no encuentra quien le ayude, porque todos aquellos que, en ese lado están, les dio de baja por creerles enemigos estorbosos.

          Y en ese momento, como Samsa, pensó “«Esto de levantarse pronto le hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir.”

          Y se duerme y no siente los estallidos del dólar, ni los gritos desesperados de la gente por el hambre y los reclamos salariales. Y como está convencido, como que Kafka hizo que lo dijese Gregor, “El hombre tiene que dormir”, más para dejar que el mundo siga inalterable su curso y no cambiar absolutamente nada, por lo menos lo que puede cambiar; y menos cuando se quedó desarmado por descuido y andar mal acompañado, por lo que suele decir y lo hace sobre sus espaldas,  que le incomodan por demás los “trasnochados”, esos que vigilan y observan como él, cada vez que intenta levantarse, lo hace por el lado derecho y lo peor, donde nadie siquiera lo quiere, “otra vez se vuelve a balancear sobre las espaldas”. Pero voltea y volverá porque:

“Sueña el rey que es rey, y vive 
con este engaño mandando, 
disponiendo y gobernando; 
y este aplauso, que recibe 
prestado, en el viento escribe, 
y en cenizas le convierte 
la muerte, ¡desdicha fuerte!”

         Calderón de la Barca.

“¿Duerme Ud., señor presidente?”

Caupolicán Ovalles.

© APICALTERNATIVA- Año: 2021- Revista:  MARZO 2021