18. La AN y el aumento salarial, indexación o como  quiera llamarse el asunto, pero que alcance

Eligio Damas 

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Bien sé que, recordar a los griegos es casi un lugar común cuando se habla de arte, poesía, escultura, pintura,  filosofía,   política,  etc.  Pero  no  le  queda  a   uno   otra alternativa, pese a que lo tilden de fastidioso o presumido -  da igual -, que volver sobre los ilustres descendientes de Helenos y Pelasgos,  cuando  se trata de buscar los orígenes de  muchas  de nuestras  instituciones políticas. Los griegos, en cualquiera  de las  ciudades expandidas por la parte continental europea, en  el área peninsular que los clásicos llamaron el "Peloponeso" o en el sector asiático, no se andaban con remilgos o escondederas detrás de  un  lenguaje  balurdo y presumido en el  momento  de  mejorar su “democracia”.  Era  una  democracia esclavista y  con  linaje,  pero sujeta  a  cambios frecuentes para resolver  los  enfrentamientos entre quienes ellos admitían como ciudadanos. Digo lo de democracia por seguir la costumbre de llamarla así, pues estrictamente hablando, tal democracia griega nunca existió, pues donde no hubo esclavos si ilotas, que era otra forma de esclavitud, salvo que no se podía vender al sujeto a tal condición como una mercancía, pero si se dejaba en herencia.

               Y, de esas ciudades griegas, la que más se  destaca es  Atenas.  Fue  en  esta  ciudad,  ubicada  en  el  norte   del "Peloponeso",  en  la costa oeste del mar Egeo,  donde  nació  la figura  del representante popular a los órganos del poder público con  asignación  pecuniaria  del Estado; es  decir, allí nació eso que  hoy llamamos  parlamentario  con sueldo, que el  fisco  nacional de Venezuela cancela puntualmente, sin retraso alguno y con generosidad. Se dice, sin dar datos precisos, que se trata de funcionarios del Estado que están muy contentos de serlo, más por los beneficios que reciben que por lo digno del cargo. Y es casi seguro que así sea, pues de ser lo contrario, como pensar que vayan con puntualidad a su trabajo y hasta bien vestidos y arregladitos. Además, de no ser así, ya serían ellos los primeros en protestar por lo bajo del salario. Y es por eso que hasta los opuestos del gobierno de eso nada dicen. ¿Còmo ser diputado por Estado Sucre, siendo nativo y viviendo allá, ganando cuando mucho, 30 ò 40 dólares mensuales, salario de los altos entre los docentes universitarios? Lo más seguro es que, cualquier diputado, no voy a nombrar ninguno para no herir susceptibilidades, se haría “emprendedor” y se pondría por los alrededores del Capitolio, donde circula tanta gente, a vender “cuadros, elaborados y sellados” y hasta cambures o condones.

             Tanto parece ser esta una verdad en Venezuela, que allí, en ese espacio, Ud. no escucha a nadie lamentándose del costo de los alimentos y las medicinas y lo bajo del ingreso. Ellos discrepan por otras cosas que no son del interés del colectivo. Justo por lo que el colectivo, como diría Elías Jaua, tampoco ahora a ellos atención les presta.

               Uno de esos tantos reformadores, que en Atenas los hubo en número apreciable, creo fue Pericles, entendió un día que era un  ventajismo de   los  grupos  económicos  -  nobles  o  plebeyos  -  que   la representación en las asambleas  encargadas de legislar y vigilar la  conducta  del  poder estatal, no fuese  recompensada  con  un salario  decente.  Pues si esto no se  hacía,  la representación popular,  cuando recaía en verdaderos representantes del  pueblo, faltaba a su trabajo y en su obligación  de vigilar, por  carecer de los medios económicos para dedicarse con libertad a esa tarea. Pericles, Clìstenes o quizás otro - ahora mi memoria no precisa - decidió  que cada legislador o representante a la asamblea  de la Ciudad Estado,  debía  recibir  un sueldo; claro, no tiene nada que ver con eso tan astringente  que  ahora en Venezuela  llamamos también salario.

               Para los griegos ejercer la representación en  las asambleas,  se fuese noble, rico o plebeyo, era algo   mucho más que un honor. Allí debían ir  los mejores. Y en verdad que muchos iban.  El  griego poco interés tuvo en la cuantía  de  la  mesada aquella.  Al  rico poco falta le hacia esa cifra  de  dinero.  Al pobre le bastaba para cubrir sus necesidades y vivir decentemente y con dignidad.

               La  medida  fue considerada y lo es,  de carácter popular  y,  para el regusto de otros, progresista. ¡Hágase  un templo a la palabra!

               Se favoreció a los representantes populares, plebeyos pobres,  pues a partir de ese momento pudieron dedicarse por entero a esas sagradas obligaciones.               

               Y los gobernantes atenienses, arcontes les decían, para  reformar  cuanto había que hacerlo,  no  dudaban  ni  un instante,   ni  se  diluían  en  viscosos  caldos   de   palabras insustanciales.

               Y  los representantes, con toda la sabiduría  que atesoraban, no se halló entre ellos un analfabeta funcional, tampoco como ahora un contrabandista de droga, no evadían el cumplimiento de sus responsabilidades, ni se ausentaban del trabajo alegando la  pequeñez  del  salario.  No registra la historia de la legislatura ateniense que la  presunta insuficiencia  de  la mesada, en todo caso tres  y  cuatro  veces superior  a  la de un profesional medio  atiborrado  de  trabajo, hubiese  sido causa para que el representante  popular  cumpliese sólo a medias su trabajo.

               Tampoco se ha sabido que los legisladores  griegos se  hubiesen  valido  alguna vez de su  peculiar  condición  para hacerse    aumentos   pecuniarios   excesivos,   mientras    otros trabajadores que  hasta  se  juegan  la  vida  y,  si  algo   logran, generalmente es una miseria. El legislador griego, al parecer, en eso fue muy serio y respetable. 

               La representación popular no es una profesión  ni una  ocupación  mercantil,  es  un altísimo  honor  y  como  dijo alguien,  "a mayor responsabilidad más deber y  sacrificio".  Y quien esto no entienda no debería ir al Congreso. Y además, desde los  griegos, los legisladores están  entre los trabajadores  que más ingresos perciben.

               Pero hay algo más entre nosotros, ahora en estos aciagos momentos; los legisladores, oficialmente, no son agentes del Poder Ejecutivo y menos de la clase dominante; porque por más que uno se vuelva platónico o se embarque en esa aventura  de mirar el mundo al revés, para recordar a Galeano y más viéndoles comportarse como se comportan,  eso no son ni deben ser. Pues en verdad, lejos de ser representantes, que lo serían de sus electores, son una extensión de lo participativo y protagónico en el ejercicio del poder popular.

             Siendo esto último, tal como lo dice lo constitucional y lo afirmaba a cada instante el Comandante Chávez, a ellos les corresponde velar por el bienestar del pueblo, de los trabajadores y ancianos, más que de las clases con poder y capacidad de presionar, exigir y ser escuchadas y sobre todo atendidas. A quienes sin duda atienden, Tanto que ellas están complacidas y satisfechas. 

            Entonces esos legisladores, asambleístas, que quizás por no pasar las penurias de maestros, enfermeros y los trabajadores todos, platónicamente suponen que todo el mundo anda como ellos y no sienten la obligación de velar por el resto y sobre todo tomar decisiones, lo que está en el campo de sus responsabilidades y obligaciones. 

           Pero como no es así y el gobierno por el discurso que viene haciendo, sobre todo el de fin de año, el de la presentación de cuenta ante la AN ahora en diciembre, donde la idea pareciera ser que los trabajadores ajusten más el cinturón, los viejos pensionados y jubilado se acaben de morir y dejen la jodedera, porque por ellos no se van a sacrificar los otros, sería saludable, justo, que los legisladores tomen conciencia de su responsabilidad, obligación y así como sacan sus cuentas y exhiben sus ajustes en la dieta, también tomen alguna resolución en favor de quienes ponen los votos para que ellos estén allí y aun no poniéndolos tienen pleno derecho a recibir un ingreso satisfactorio, si no tanto como el de ellos, si como para llevar una vida digna de acuerdo a lo que demandan las leyes, la justicia, el mercado y la necesidad que la sociedad tiene de subsistir.

        Debe ser vergonzoso ser diputado, no importa el universo al cual se haya adherido, de un lado u otro, “porque ambos bandos predomina la misma actitud”, sabiendo lo miserable del salario del trabajador, jubilado o pensionado venezolano, y mantenerse sin levantar la palabra en contra de eso. Y es más, es como un crimen de lesa humanidad