1. El radical José Martí y los radicalismos actuales

Mario Valdés Navia

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En nuestra historia, el término radical ha tenido una connotación asociada más a caracterizar posturas políticas e ideológicas de izquierda que a describir métodos de acción violenta. Si como bien decía Martí: «Por la confusión de los términos se confunden los hombres. No hay que estar a las palabras, sino a lo que está debajo de ellas»,[1] entonces es preciso dilucidar cuánto de radical había en él, o mejor: ¿qué tipo de radical era y cuáles serían sus puntos de contacto y diferencias con los radicalismos actuales?

Uno de los problemas más acuciantes del mundo actual, y de Cuba en particular, es el de la extensión de los extremismos de diferente signo político. Su mecanismo principal de formación es el llamado proceso de radicalización, que puede dar lugar a posturas que van desde dogmatismos ideológicos hasta el terrorismo en sus diferentes manifestaciones, tanto el practicado por el Estado como el de grupos y organizaciones que postulan el empleo de la violencia para lograr sus fines políticos.

En nuestra historia, el término radical ha tenido una connotación asociada más a caracterizar posturas políticas e ideológicas de izquierda que a describir métodos de acción violenta. Si como bien decía Martí: «Por la confusión de los términos se confunden los hombres. No hay que estar a las palabras, sino a lo que está debajo de ellas»,[1] entonces es preciso dilucidar cuánto de radical había en él, o mejor: ¿qué tipo de radical era y cuáles serían sus puntos de contacto y diferencias con los radicalismos actuales?

En el 169 aniversario de su natalicio, analicemos esta faceta de su obra política que tanto lo acerca a los problemas cubanos de hoy.

-I-

Según el Diccionario Panhispánico del español jurídico, radicalismo es una: «Actitud extremada e intransigente de las personas que no admiten términos medios»; mientras que radicalización es aquel: «fenómeno por el que las personas se adhieren a opiniones, puntos de vista e ideas que pueden conducirlas a cometer actos terroristas».

Entre las acepciones de radical que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, se encuentran cuatro que pueden aplicarse a la vida política: «Fundamental o esencial; Total o completo. Cambio radical; Partidario de reformas extremas; Extremoso, tajante, intransigente». Esta última, es la que impera en el lenguaje político de estos tiempos.

En la contemporaneidad, ambos términos se asocian al crecimiento del terrorismo internacional, y las personas que asumen estas posturas son denominadas radicales. De modo que, aunque subsistan hasta partidos tradicionales que se autodefinen como «Radicales», de acuerdo a las expresiones al uso cualquier grupo, partido o ideología que sea calificado de esa forma puede ser relacionado automáticamente con la promoción y práctica del terrorismo. 

No obstante, en el discurso político martiano el término en cuestión estaba más apegado a su origen latino: radix (raíz), de ahí que postulara: «las cosas hay que verlas en sus causas y objeto, no en la superficie […] A la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo». (T. 3, p. 32 y T. 2, p. 380).

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En la Cuba del último cuarto del siglo XIX, en torno a la posibilidad de la revolución se libraba una aguda lucha de ideas entre los defensores del estatus quo, que la negaban o tergiversaban, y los revolucionarios radicales, que la auspiciaban como única solución viable ante los desafueros coloniales. Martí encabezaría esta segunda tendencia entre 1891 y 1895, época en que funda el periódico Patria, el Partido Revolucionario Cubano (1892) y se convierte en el líder que organizaba y dirigía los preparativos la Guerra Necesaria.

La radicalidad de su pensamiento no estaba en la adopción de métodos terroristas que provocaran la caída de los gobiernos a través del miedo generalizado y la destrucción de la riqueza pública y privada. Aunque tuvo que apelar a la reanudación de la lucha armada como medio de alcanzar la independencia, lo hizo mediante una estrategia que minimizara la magnitud de los daños humanos y materiales y beneficiara al mayor número de cubanos, españoles e inmigrantes de todas las razas, ocupaciones, ideologías y estratos sociales.

Solo reconociendo el carácter de necesidad histórica que tenía para Cuba la revolución, pudo resolver Martí el grave problema ético que significaba para un humanista de su talla ser el inspirador máximo de una guerra devastadora. Para él, la guerra era la forma más violenta que podía asumir la revolución; un procedimiento político para lograr realizar el brillante destino a que aspiraba el pueblo cubano y que España le negaba tozudamente. Por eso declaraba:

«Es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja de promover la guerra inevitable. Es criminal quien ve ir al país a un conflicto que la provocación fomenta y la desesperación favorece, y no prepara, o ayuda a preparar, el país para el conflicto». (T.1, p. 315).

«Lo radical de su análisis se extendía al plano internacional, pues pensaba que la contienda revolucionaria se realizaría para bien de América y del orbe, ya que sus causas eran locales pero de idea e interés universales. Así lo explica al mundo en el programático «Manifiesto de Montecristi»:

«La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas y al equilibrio aún vacilante del mundo». (T. 4, p.100).

La radicalización de la lucha por la independencia con el aporte del moderno contingente obrero de Tampa y Key West era una peculiaridad de la época que fue aprovechada por el Apóstol, quien acudió a estas poblaciones floridanas a crear su obra mayor: el Partido Revolucionario Cubano. Allí reconocería que aquella: «turba obrera» [era] «el arca de nuestra alianza, el tahalí (…) donde se ha guardado la espada de Cuba, el arenal redentor donde se edifica!». (T. 4, p. 278).

En medio de esos avatares políticos, creo Martí el periódico Patria, órgano del pensamiento revolucionario antillano más radical y patrimonio de él y sus más allegados ideológicamente. Su artículo inaugural, «Nuestras Ideas», explicita cómo aspiraba que fuera la república cubana, fruto de una verdadera revolución:

«El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos, ni bastaría una sola guerra para completar una revolución cuyo primer triunfo solo diese por resultado la mudanza de sitio de una autoridad injusta. Se habrá de defender en la patria redimida la política popular […] y ha de levantarse […] un pueblo real y de métodos nuevos, donde la vida emancipada, sin amenazar derecho alguno, goce en paz de todos». (T. 1, p. 319).

«El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos, ni bastaría una sola guerra para completar una revolución cuyo primer triunfo solo diese por resultado la mudanza de sitio de una autoridad injusta. Se habrá de defender en la patria redimida la política popular […] y ha de levantarse […] un pueblo real y de métodos nuevos, donde la vida emancipada, sin amenazar derecho alguno, goce en paz de todos». (T. 1, p. 319).

-II-

La radicalidad de Martí sobrepasó su obra práctica y se plasmó en su ideal de la   revolución como transformación hacia una sociedad más justa: «La justicia, la igualdad del mérito, el trato respetuoso del hombre, la igualdad plena del derecho: eso es la revolución». (T. 3, p.105). Su fruto sería la instauración de una república cubana: «[…] justa y abierta, una en el territorio, en el derecho, en el trabajo y en la cordialidad, levantada con todos y para el bien de todos […] una nación capaz de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala». (T. 1, pp. 272 y 277).

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En ese sentido, distinguía muy bien su lugar en los dos momentos del proceso revolucionario que se avecinaba, la guerra y luego la paz: «¿Qué dónde estoy? En la revolución; con la revolución. Pero no para perderla, ayudándola a ir por malos caminos!». (T. 22, p. 73). Esos desvaríos no eran otros que la recaída en los viejos caudillismos militaristas, tan dañinos para Latinoamérica. Al respecto aseveraba de manera clara y contundente:

«La idea de la persona redentora es de otro mundo y edades, no de un pueblo crítico y complejo, que no se lanzará de nuevo al sacrificio sino por los métodos y con la fuerza que le den la probabilidad racional de conquistar los derechos de su persona, que le faltan con el extranjero, y el orden y firmeza de su bienestar, imposibles en la confusión y rebeldía que habrían de seguir, en un pueblo de alma moderna, al triunfo de una guerra personal, más funesta a la patria mientras más gloriosa». (T. 2, p. 280).

Martí estaba decidido radicalmente a impedir en Cuba la prevalencia de una sociedad autoritaria —concepto poco mencionado en los estudios de su pensamiento—,a la que consideraba: «basada en el concepto, cierto o fingido, de la desigualdad humana, en la que se exige el cumplimiento de los deberes sociales a aquellos a quienes se niegan los derechos, en beneficio principal del poder y placer de los que se los niegan: mero resto del estado bárbaro». (T. 19, p. 204).

Su radicalidad se expresaba también en una disposición permanente a la crítica y el debate político entre compatriotas, acordes con el ambiente de libertad de criterios que se postulaba en las comunidades de emigrados cubanos, ansiosos de practicar la libertad de pensamiento, opinión y prensa que les negaba el gobierno colonial. Para Martí: «El culto a la revolución sería insensato si no lo purgase el conocimiento de sus errores». (T. 2, p. 23).

Esa unidad en la diversidad la extendería al PRC, al que los clubes patrióticos se integraban sin perder su autonomía de criterios y acción, pues: «Abrir al desorden el pensamiento del Partido Revolucionario Cubano sería tan funesto como reducir su pensamiento a una unanimidad imposible en un pueblo compuesto por factores diversos, y en la misma naturaleza humana». (T. 2, p.177).

Para lograr la imprescindible unidad, el procedimiento fundamental de Martí era el diálogo, regido por el conocimiento profundo de los problemas a dilucidar, pues: «O se habla lo que está en el país, o se deja al país que hable». (T. 2, p. 216). El debate posibilitaría el intercambio de experiencias, conocimientos y puntos de vista diferentes hasta alcanzar un consenso fundado en la razón, no en entusiasmos pasajeros o compulsiones externas.

En este punto es donde se bifurcan totalmente los caminos del Martí radical y los radicalismos actuales, tendientes al terrorismo o a la negación absoluta de la pluralidad. Martí es radical por sus fines políticos, no porque privilegiara métodos violentos o una voz única para alcanzar sus objetivos.

La causa política de esta aparente contradicción —más allá de su ética humanista—, radica en la falta de democracia y diálogo sincero que encontraba en las organizaciones armadas de la sociedad militar, basadas en el caudillismo de ordeno y mando, a diferencia del debate franco y abierto que caracteriza a la sociedad civil. Por ello sostenía:

« (…) ¡que los pueblos no son como las manchas de ganado, donde un buey lleva el cencerro: y los demás lo siguen! […] Si se desgrana un pueblo, cada grano ha de ser un hombre. La conversación importa; no sobre el reglamento interminable o las minimeces que suelen salirles a las asociaciones primerizas, sino sobre los elementos y peligros de Cuba, sobre la composición y tendencias de cada elemento, sobre el modo de componer los elementos, y de evitar los peligros». (T. 2, p. 17).

La ideología liberal y democrática de su tiempo, encontró en Martí uno de sus representantes más radicales. La ideología terrorista y autoritaria de los radicalismos actuales, tanto de los defensores a ultranza del Gobierno/Partido/Estado; como la de sus opositores extremistas, dispuestos a destruir el país si es preciso para hacerse con el poder, en nada coinciden con la genuina radicalidad martiana.

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[1] «Autonomismo e independencia», New York, 26 de marzo de 1892, Obras Completas, 28 tomos, t. I, p. 355. Todas las citas de Martí corresponden a esta fuente, en las sucesivas solo se consignará, entre paréntesis, el tomo y las páginas.