9.  Chávez y sus contradicciones. Bolívar y el centralismo. ¿De dónde me agarro? 

Eligio Damas

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Los constitucionalistas de 1999, estamparon en nuestra Carta Magna, lo participativo y protagónico, lo que significa darle al pueblo, comunidades, el derecho de decidir muchas de sus cosas. Y al mismo tiempo implica y demanda reformas que permitan que el Poder central entregue a ellas sus derechos y responsabilidades. Pero también es una demanda inherente a todas las instituciones. De donde uno concluye que se trataba de hacer todo lo contrario a como hemos venido haciendo desde hace muchos años atrás. 

          Años atrás, habíamos logrado la conquista de elegir nuestras autoridades regionales, particularmente al gobernador del Estado, derecho que, desde los tiempos de la Constitución Federal misma, se reservaba el poder central.

          Cuando se haga con propiedad y más rigurosidad el estudio de la historia de la economía venezolana, y los nacionales tomemos conciencia de con cuánto desequilibrio e injusticia se actuó desde el Estado centralizado, en favor de los planes del capital externo y de las clases dominantes de determinados y muy particularmente focalizados espacios, podremos comprender con más claridad el daño que, el centralismo, ocasionó y ocasiona, a buena parte de las regiones del país. Por él, fue posible imponernos la economía de puertos, la inversión sólo en determinados espacios, el abandono de la mayoría, incluso de aquellas donde se producía determinantemente la renta pública y una distribución irracional, excesivamente desequilibrada, de la población. Y también estimuló el abandono del campo y la producción agrícola.

          Es cierto, Bolívar, a quien Chávez, quizás como ningún otro gobernante, rindió tanto reconocimiento, planteó el centralismo, ya lo hizo desde el Manifiesto de Cartagena, pero motivado a la necesidad de unir a todas las provincias que, para ese entonces, 1812, se seguían viendo como “países” distintos y los libertadores, de un espacio y otro, supuestamente unidos en la misma causa, no se reconocían. Hasta 1817, para tomar ese año como referencia de manera casi arbitraria, por ejemplo, “los libertadores de Oriente”, con muy justificada razón, no veían a Bolívar como el líder. Y esto era más grave, cuando esta parte del país, se había vuelto el escenario principal de la guerra y la que sirvió, en gran medida, de sustento a los acontecimientos posteriores.

        Hay documentos, cartas, donde Bolívar mismo, refiriéndose a las provincias orientales, les llega a llamar “esos países o naciones”.

         En una muy curiosa carta-decreto de antes de la fecha antes indicada, Bolívar, pese haber sido aceptado antes como jefe de las fuerzas patriotas, anuncia una severa pena para los “desertores”, que no eran otros que los orientales, centrales u occidentales que, estando bajo el mando de un jefe patriota, que no fuese su “paisano”, se fugaban para incorporarse al ejército comandado por uno de los suyos, además de hecho, por el origen del asunto tratado en ese documento, se habla, como ya dije, de “países o naciones” y no de una unidad consagrada.

          En su concepción de la guerra de independencia, hasta 1817, Bolívar, militarmente operaba bajo la idea que bastaba liberar Caracas, para que EEUU y las naciones europeas, distintas a España, reconociesen a Venezuela y su gobierno independiente. Por eso, apenas disponía de la menor fuerza, se desplazaba a Caracas con aquel fin. Llegado a Barcelona en aquel recorrido y hasta aventura, llamada “Expedición de los Cayos”, deposita en la Casa Fuerte, un importante lote de armas, justo con el fin de dirigirse a Caracas. Por eso le pidió al General Freites que defendiese ese esa plaza, acosada por el general realista Almada, con su propia vida. 

         Las provincias habían vivido separadas por más de 200 años. Incluso, una vez creada en 1777, la Capitanía General de Venezuela, aparte de haber llegado a tener un poder o jefatura de Estado unificado en lo formal, siguieron tan lejanas como antes, cuando los orientales dependían de la Real Audiencia de Santo Domingo y los centrales y occidentales del Virreinato de Santa Fe. A las provincias, después de nacida la Capitanía, se les mantuvo la prohibición de comerciar entre ellas y fueron siempre muy precarias las relaciones de todo tipo. 

           Por eso, a partir de 1810, cada una de ellas, se declaran libres e independientes de todo poder, incluso del lazo que representaba la Capitanía General de Venezuela. Así nacen además de la Nación venezolana-caraqueña, las repúblicas “libres e independientes” de Cumaná, Margarita y Barcelona. Pero en esas decisiones, cada provincia actuó por su cuenta, motivadas por las noticias recibidas de Europa y no porque una haya seguido orden u orientación de la otra; lo que no niega que la decisión inicial influyó en la toma de decisiones en la otra.

        Esto explica, porque los orientales, hasta llegar al Congreso de Angostura, en buena medida, seguían operando por su cuenta y bajo el comando de Santiago Mariño. Cuando Piar decide irse a Guayana a aquella Campaña que lo llevó a tomar San Félix y Angostura, después de lo acontecido en la Casa Fuerte y la derrota en Aragua de Barcelona, lo hizo por su cuenta, sin acogerse a orden del Libertador y tampoco de Mariño. Y decidió eso, pese que después de las derrotas antes aludidas, el caraqueño inmortal, le intentó convencer le acompañase a Caracas. Piar, con acierto, pensó primordial un anhelo de los orientales desde 1811, la toma de Guayana.

        Estas razones trascendentes, incluso fundamentadas en la historia, tradición, lo estructural y cultural, llevan al Libertador a entender que lo primero por alcanzar es la unidad de las fuerzas y la conciencia de lo que, en buena medida, seguía siendo la Capitanía General de Venezuela y no la República, nacida por la Constitución de 1811.

       Por eso, con sobradas razones, se manifestó contrario al federalismo que, en esa nuestra Constitución de 1811, tomado de la de Estados Unidos, se sentenció:

                 “En todo lo que por el Pacto Federal no estuviere expresamente delegado a la Autoridad general de la Confederación, conservará cada una de las Provincias que la componen, su Soberanía, Libertad e Independencia: en uso de ellas, tendrán el derecho exclusivo de arreglar su Gobierno y Administración territorial, bajo las leyes que crean convenientes, con tal que no las sean comprehendidas en esta Constitución, ni se opongan o perjudiquen a los mismos Pactos Federativos que por ellas se establecen.”

       Es eso, trascendente, con fundamento en la estructura y la vieja y larga cultura provincial, que se convierte en principio contrario a la necesaria unidad, lo que obliga a Bolívar a pensar en el centralismo como opción.

       Por eso, no es contradictorio, apoyar a aquel Bolívar y luego sumarse a los ideales originales que motivaron la Guerra Federal que demandaba justamente la descentralización y el derecho de las regiones a planificar y administrar su destino. Pues entre Bolívar y Zamora, no hay contradicciones y en buena medida, había llegado el momento de reconocerles a las viejas provincias sus derechos a organizarse de acuerdo a sus conveniencias, necesidades y liderazgo.

        Lo contradictorio está, en ser defensor, solidario, de los nobles y necesarios principios del federalismo, asumir las banderas federalistas de Ezequiel Zamora, para terminar, por conveniencia y pragmatismo político, en tiempos del capitalismo, retornando al centralismo de Bolívar de principios de la guerra de independencia, pese la constitución vigente hable de lo participativo y protagónico y hasta se tremole la consigna de “Comuna o nada”.

        Cuando Chávez habló de “Comuna o nada”, al margen del tema en sí, que está sujeto a mucho pensar, discutir, diseñar con la propia gente como actor principal y a ello se vincula la asignación de poderes para decidir en su espacio, estaba hablando de descentralizar, achatar al Estado y acercar al pueblo a la toma de decisiones. Es decir, la descentralización se vuelve un objetivo estratégico, aunque ya está sujeto a lo constitucional. Pues la descentralización y la necesidad y obligación que las colectividades, la gente, los pueblos y hasta los militantes, asuman el deber y el derecho de decidir sobre sus asuntos, son asuntos del mismo orden.

        Este centralismo es uno de los grandes males que han afectado al país, como que la forma de inversión y modelo de desarrollo, modos impuestos desde fuera, al mismo son que tocaba el petróleo, se concretó por eso mismo; el haberles quitado a las regiones el derecho a opinar y reclamar por lo suyo. El mismo que favoreció a una clase muy focalizada, hasta geográficamente, para apropiarse de todos los recursos disponibles. El argumento de la densidad de población pierde valor si se toma en cuenta que, esa distribución se derivó también de una decisiòn autoritaria, unilateral, para la inversión de los recursos y la expresa marginalización de determinadas áreas del país.

       No es, este excesivo centralismo de ahora, una “conquista” de las luchas del pueblo, de los factores partidarios del cambio, sino un haber retomado lo viejo, negar lo constitucional vigente y la obligación de entregar a las comunidades y regiones sus derechos para que se desaten los deseos de cambio. Asuntos estos, sobre los cuales se habló mucho en los inicios del gobierno de Chávez y luego olvidados y archivados.

      Y el centralismo es coherente con lo de los partidos manejados por “vanguardias” que terminan en el naufragio del personalismo, lo autoritario y el “líder” que se asume como enviado divino.

      Es bueno recordar que la Constitución vigente, la bolivariana, establece, además de lo participativo y protagónico, en el artículo 4º, que “La República Bolivariana de Venezuela es un Estado Federal descentralizado en los términos consagrados en esta Constitución, y se rige por los principios de integridad territorial, cooperación, solidaridad, concurrencia y corresponsabilidad.”

                  Seguiremos en otras entregas.