8. Viajando Por Cuba Con Don Pedro Casaldáliga…

Félix Sautié Mederos

TUVE LA DICHA DE ACOMPAÑAR A DON PEDRO CASALDÁLIGA EN SU ÚLTIMO VIAJE A CUBA, EN FEBRERO DE 1999. HICE DE GUÍA, DE SECRETARIO, DE REPORTERO, DE CONFIDENTE… Y ME TOCÓ TRANSCRIBIR Y PUBLICAR SUS DIÁLOGOS E INTERVENCIONES, QUE PUDE PUBLICAR EN UN LIBRO EN ESPAÑA; EVANGELIO Y REVOLUCIÓN, Editorial Nueva Utopía, Madrid, 2000.

A continuación, comparto su Declaración Final de AMOR A LA REVOLUCIÓN TOTAL DE CUBA, que es el documento más completo en mi opinión que sobre Cuba expresó y escribió Casaldáliga:

 

Yo, Obispo de la izquierda, poeta de camino, venido de otros mundos, pero injertado en la Patria Grande como brote mestizo de culturas y anhelos, misionero con cierta vocación para evangelizar, “macedonio” y claretiano de aquel que fue arzobispo de Santiago de Cuba, hago esta declaración a veinticuatro de febrero de 1999, esperando que termine menos mal este milenio, “deslumbrante y cruel”, mientras la posmodernidad anda sin rumbo y quieren declararnos “cansada” la utopía.

Yo vengo de Brasil, que también es latinoamericano, del río Araguaia, frontera de luna y pájaros y luchas de la gran Amazonia. Vengo del Santuario de los mártires de la Caminhada, donde se conserva viva la “memoria peligrosa”, de toda la sangre derramada por la causa grande de la liberación; y donde, por cierto, están presentes, ecuménicamente, los jóvenes cubanos Frank País y Antonio Echeverría.

“Declaración de amor” digo, no de odio ni de desprecio ni de indiferencia, porque, -entre otras cosas para amar y para discutir y para corregir-se trata de una revolución nuestra, de esta Patria Grande que es nuestra América.

Es una declaración en voz alta y a corazón abierto, para que se enteren las olas que van y vienen por el mar Caribe y los silencios expectantes de los Andes y los helados vidrios de Wall Street. Pero en parábola, para que no se entienda más de la cuenta, y para que los hermanos y hermanas que quieran lo entiendan desde el corazón y la esperanza.

Acosada y acusada, la revolución debe seguir haciéndose, pero total. Y debe saber que un fracaso puede ser un fracaso procesual, fragmento de un gran fracaso pascual que termina en el triunfo de la Vida.

Los adjetivos a veces son sustantivamente calificativos, y por eso he dicho, revolución “total”. Las revoluciones ya, sabe, pueden ser parciales, partidistas, inmediatistas quizás. En cristiano decimos -y creemos- que el Reino de Dios, es la revolución de Dios mismo, es “ya sí, pero todavía no”. Total, además, ha de ser, porque la buena revolución que soñamos y que uno quiere para esta Cuba amada y para nuestra América y para el mundo, es la revolución de las almas, la revolución de las relaciones, la revolución de las estructuras. Pero, porque de reformas al estilo de las democracias formales, ya estamos más cansados. Lo que queremos es la “dignidad plena del hombre (y de la mujer)”, que diría el apóstol Martí: aquel “ejercicio íntegro” que él deseaba para su patria- y que “no corra peligro la libertad en el triunfo”, advertía –y que, él desea ahora-vivo en la piedra de la historia y en la gloria merecida- para toda la “patria que es humanidad” y para toda esta “América de la que somos hijos e hijas”.

Cuanta sociología pueda proclamar y vivir esta humana tierra de la familia de Dios se reduce- ¡casi nada”-a conjugar dialécticamente esas dos aspiraciones mayores de nuestras vidas y nuestros pueblos: la libertad y la justicia. Conjugar simultáneamente, como cantaba el poeta peruano, “la justicia y las rosas” y, añadamos, el viento, el viento…

Para la fe de los seguidores y las seguidoras de Jesús, toda la realización personal y toda la construcción de la historia consiste en saber conjugar, en la dialéctica del Evangelio, el mundo, el Reino, la Iglesia. (Esa Iglesia que es un misterio y una misión, pero que es también una historia de santidades y de infidelidades y de poderes, y de cegueras.) El Reino –ya se sabe, y ¡cuánto mejor se debería saber! es el sueño de Dios, la Pasión de Jesús (según el Evangelio), el “destino de la raza humana” (según el teólogo de África del Sur), y “solo el Reino es absoluto, todo lo demás relativo” (según el Papa Pablo VI), cada vida y la historia, con todos sus procesos, son materia prima del Reino, bajo la acción amorosa del Espíritu de Dios.

El capitalismo es pecado mortal. El socialismo puede ser virtud cardinal: somos iguales, somos hermanos y hermanas, la tierra es para todos, y, como repetía Jesús de Nazaret, no se puede servir a dos señores, y el otro señor es precisamente el capital. Cuando el capital es neoliberal, de lucro omnímodo, de mercado total, de exclusión de las inmensas mayorías, ya el pecado capital es mortal abiertamente. 

Socializar, distribuir como en familia, en la única sufrida, hermosa, humana familia de Dios. No habrá paz en la tierra, no habrá democracia que merezca recobrar este profanado nombre si no hay una cierta socialización de la tierra del campo y del suelo de la ciudad, de la salud y de la educación, de la comunicación y la ciencia. Tú puedes tener si el otro puede tener también, pero tú no puedes tener acumulado, dejando el hermano desnudo. La propiedad privada es esencialmente inicua cuando privatista y privadora. ¿Recuerdan el gesto de aquel de la multiplicación de los panes y los peces? No fue un juego de magia, sino un acto de compartir. Pan hay para el mundo, para la humanidad entera, e incalculable pescado tiene el mar…El compartir será, evidentemente, en contra del programa del FMI y del BM y de las trasnacionales y de los multimillonarios, y muchas veces-quien sabe-quizás en contra de nuestro propio corazón posmodernamente egoísta. 

 Cuba viene pasando angustiadamente por un “período especial”. Por un período muy especial para el mundo entero. A neoliberalismo tocan todos los bancos, todos los gobiernos, y muchos computadores. Cuba es una isla, cercada del mar por todas partes; cercada del mar del neoliberalismo también. ¡Ay Nicaragua, Nicaraguita! ¡Pero sigamos Zapata! ¡Hermanas y hermanos de la Patria Grande; no se cansen de soplar vientos de utopía por las quenas maternas, no se cansen de darles a los tambores de la negra rebeldía! ¡Padres y madres de la Patria Grande: los Juan Diego, Lempira, Las Casas, Túpac Amaru, Zumbi, Martí, Camilo Torres, Che Guevara, Doña tingó, Romero, Margarita María Aives … y todos cuántos y cuantas a lo largo de los siglos de antes y después de la conquista, en la siempre Abya Yala fecunda, vienen dando sabiduría y su canto, su lucha y su sangre, su resistencia y su esperanza. 

Cuba es una isla igualmente es un lugar desconectado del resto del mundo que conectable con el mundo entero. “Que el mundo se abra a Cuba”, pedía el Papa; “y que Cuba se abra al mundo”, que Cuba se abra a Cuba, que la Iglesia se abra al pueblo, que el Estado se abra al pueblo, que el pueblo se abra al pueblo, que todo se abra al Reino, que es la liberadora política de Dios.

No vamos a dar a nadie que se crea grande “la perla del Caribe”, ni tampoco vamos a encerrarla en una concha. Cubanos, cubanas, hermanos del mundo, tan generosamente entregados a la salud, a la educación, a la liberación, más alta de las fronteras de la patria cubana: ¡vamos a seguir “internacionalizando el amor”-como quería el compa nica de Santa Clara, globalizando la solidaridad, mundializando la utopía!

¿Qué haremos, Señor, en este mundo neoliberal? ¿Qué haces tú? ¡Que se te vea que eres siempre el Dios de los pobres! Que hagamos verte tal. Que la Iglesia, las Iglesias, la Iglesia de Jesús, ecuménicamente testigo del Crucificado Resucitado, sea libre, sí, pero para el servicio, coherente siempre con la opción de Jesús y con la fuerza de su Pascua. Ni plañideras ni cruzados. Nada de crispación militante, de un lado ni del otro, que de un solo, pueblo se trata, y habría de tratarse de una misma tarea y una misma esperanza. Que la laicidad del Estado no tenga por qué se irreligiosidad del pueblo; ni el espacio de la Iglesia tenga que ser poder. Sea la iglesia de Jesús luz, sal, fermento, como El soñaba, humilde diaconía del Reino, una profecía que consuela al pueblo y lo acompaña, que anuncia la buena noticia, que denuncia la mala noticia de toda muerte, que no apaga la mecha de los logros y los ensueños, quizás casi siempre humeantes, y que nunca hace el juego al enemigo mayor.  

Dios no “ha entrado a La Habana”, periodista Manolo, porque no ha salido nunca de La Habana, como no ha salido nunca de su corazón que se declara ateo, ni de otros corazones ateos más o menos. Dios antes, durante y después. Dentro. Él siempre mayor, Otro. Que nadie use sólo el manual ni nadie use sólo el catecismo. Que todos los lázaros de todos los rincones sientan, igual que en El Rincón, como hacen uno el San Lázaro obispo y el San Lázaro del pueblo. Que la Iglesia y la sociedad acojan la santería negra con el respeto que merece una presencia autóctona de Dios, del Dios de todos los nombres, más allá de toda prevención de cualquier manipulación folclorista. Que todos los mandos sean siempre compañeros (El Reino y la revolución “somos todos”)

Que no haga “sin” lo que se pueda hacer “con”, porque la Iglesia no debe ser la suplencia de la sociedad, una pretendida sociedad perfecta paralela. Y la suplencia, además, cuando necesaria, debe ser oportuna, provisional autocrítica. Y que la sociedad civil no le haga el juego al apátrida mercado total, desdeñando la misión del Estado, ya que donde no hay un Estado soberano y participativo acaba por no haber sociedad. “Del fundamentalismo del Estado hemos pasado al fundamentalismo del mercado”, ha reconocido el propio boy-mayor del FMI, después de venir ayudando a descuartizar al Estado por ese nuevo fundamentalismo, y proclama ahora que “hay que reinventar el Estado”

La Caridad del Cobre es la Virgen Mambisa, aliada de cimarrones excluidos, la pequeña gran liberadora en la Sierra Maestra de las muchas liberaciones que Cuba ha peleado y que a todos nos ha tocado pelear. Programa de liberación total desde nuestro programa, compañeros y compañeras de camino. Que el hombre y la mujer, sean totalmente nuevos, siempre añorado Che, en la medida que le cabe a nuestro barro todavía frágil, y sin perder “la ternura jamás”, hermano. Que todos los derechos humanos sean armoniosamente vividos, sin ninguna pena de vida ni ninguna pena de muerte. Que toda Cuba sea un malecón abierto al mar y al cielo, sin castillos de miedo alguno, ni hotelazos de lujos insultantes, eso sí restaurantes populares también, y las gaviotas del sueño y de los niños del pueblo). Que el dólar no sea divino ni imprescindible; que sea simplemente la moneda de un país igual a los demás países del mundo humano. Que Miami sea sólo Miami, ni portaviones ni paraíso iluso. Que los balseros lo sean sólo de aguas adentro de la libertad, de la patria, de la solidaridad. Que dialoguen, -pero cubanamente siempre- Granma y Vitral. Que Cuba siga siendo este culto histórico país, “nudo de haz de islas”, lleno de cubanos y cubanas (con turistas, también, ¿por qué no?, pero no turistas del sexo ni turistas del privilegio) –que la juventud no se ajinetee profanando la flor de su hermosura y el vigor de nuestro futuro. Que Cuba no sea nunca más un casino “made in”. Que Cuba salve maduramente su identidad guajira latinoamericana caribeñamente. 

Antiimperialistas somos por la voluntad de Dios, que ha hecho de cada pueblo digno, libre e irrepetible –imagen colectiva suya, como cada persona es una imagen suya individual- y por eso exigimos, ante Dios y ante la historia, que se acabe el Bloqueo, crimen de lesa Cuba y de lesa humanidad. Antimperialistas somos y por eso nos negamos, con Cuba, a pagar la deuda externa, que no es nuestra, sino de “ellos”, y que ya hemos pagado con creces y que no permite a nuestros pueblos cubrir las deudas sociales de la vida y de la dignidad,

Viendo a Cuba, en un vuelo de Cubana, nos dieron, Fidel, la revista de a bordo Sol y Son. En ella se leía un artículo sobre Hemingway con la inevitable referencia a “El Viejo y el mar”, viejo de luchas y de años tú, y siendo el mar ese mar de nuestra vida, del proceso de Cuba, del futuro del mundo. Y evocaba, viniendo a Cuba y sintiendo de antemano su sol y su son, algo de lo que te decía en aquella carta aniversario del 10 de diciembre de 1996:

Fidel, a estas alturas de tu vida y la mía, y de la marcha de nuestros pueblos y de las Iglesias más comprometidas con el Evangelio hecho vida e historia, tú y yo podemos muy bien ser al mismo tiempo creyentes y ateos. Ateos del dios del colonialismo y del imperialismo. Del capital ególatra y de la exclusión y el hambre para las mayorías, con un mundo dividido mortalmente en dos (¿dónde está el Este y el Oeste antes este Norte y Sur…?) Y creyentes por otra parte, del Dios de la vida y la fraternidad universal, con un mundo humano único, en la dignidad respetada por igual de  y todas las personas y de todos los pueblos …Con esta fe –te decía y te digo- abrazo a todo el pueblo de Martí, en la esperanza de su victoria sobre el bloqueo inicuo, en la defensa de sus conquistas sociales y en la consolidación de una democracia sin privilegiados ni excluidos , con pan y con espíritu, con justicia y con libertad; en la hermosa patria de la isla y en toda la Patria Grande de nuestra América”

Y te decía, y tengo que decirlo de nuevo, por esta singular declaración, que esperaba, con el suficiente buen humor necesario, “no escandalizar demasiado ni a la derecha, ni a la izquierda”

Una declaración de amor a la revolución total ha de acabar necesariamente rezando … A la Caridad del Cobre le rezo, pues, con todos los cubanos y cubanas 

 

                        Virgen de la Caridad,

                        mina de amor en El Cobre,

                        madre de toda orfandad,

                        hermana del pueblo pobre.

                        Cuba es tuya, eres nuestra,

                        desde la Sierra Maestra a 

                        los confines del mar…

                        Y con tu gracia, Señora, 

                        Cuba sabrá ser ahora

                        Patria, Justicia y Altar.

 

Amén ¡y aleluya, aun siendo cuaresma en la liturgia y en el mundo, que hacia la Pascua, en todo caso, caso vamos!

Pedro Casaldáliga. 

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