5. Desafíos del Consenso Historia

Laura Serguera Lio y Yoandry Avila Guerra

Para algunos es ciencia muerta; para otros encuentra sustento en cada uno de los entramados que articulan y mueven las sociedades. Como aséptica literatura de consulta o como sinergia que da vida a los hilos que van dibujando el presente, la Historia, en mayúsculas, no debería darse por sentada cuando esbozamos el futuro y sus perspectivas.

Basta mirar por encima del hombro o ponerla frente al espejo para redescubrir las piedras con las que choca la humanidad una y otra vez. La Historia como proceso multicausal y como herramienta analítica para entender de dónde venimos y hacia dónde debemos ir llega a la séptima entrega del dossier Desafíos del Consenso.

Muchas interrogantes nos mueven, entre ellas si estamos haciendo las preguntas correctas. En esta ocasión nos auxilian el Doctor en Ciencias Históricas Fabio Fernández Batista, jefe del Departamento de Historia de Cuba de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana; el Doctor en Ciencias Históricas Frank Josué Solar Cabrales, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Oriente; y el Máster en Ciencias Luis Fidel Acosta Machado, profesor del Departamento de Historia de Cuba de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana.

Más que azares, causas para un domingo

Los sucesos del pasado domingo 11 de julio expresan la convergencia de problemáticas de índole estructural y coyuntural, señala el Doctor en Ciencias Históricas Fabio Fernández Batista; y enfatiza que solo un análisis en ambos planos de las diferentes variables en juego permite entender el entramado que define a la Cuba de hoy.

«Del lado de las primeras destaca la crisis que experimenta la sociedad cubana desde hace treinta años, la cual es resultado de las falencias del modelo de socialismo vigente y del acoso norteamericano. En las últimas tres décadas, la continuidad de la hostilidad estadounidense se ha visto acompañada por las dificultades para implementar a plenitud las reformas(1) que demanda el país. La aplicación de estas últimas ha sido parcial, en el marco de un proceso caracterizado por avances y retrocesos.

«Llama la atención la resistencia a los cambios que se ha desplegado desde sectores del aparato institucional. La presencia de intereses creados, el temor a las consecuencias políticas de las transformaciones económicas y la persistencia de viejas mentalidades se erigen como causa probable de estos comportamientos. Las líneas de acción aprobadas en los tres últimos congresos del Partido y esbozadas en la Constitución de 2019 esperan aún su definitiva articulación práctica. Mientras, las reformas no acaban de llegar con la fuerza que se necesita, nuestra sociedad se vuelve más diversa, desigual, conectada y contradictoria; todo ello en el marco de un consenso político fracturado al calor de las múltiples insatisfacciones de la gente y del cierre del largo ciclo de gestión que encabezó el liderazgo histórico de la Revolución».

El también vicepresidente primero de la Unión de Historiadores de Cuba precisa que en el terreno de lo coyuntural destacan acontecimientos de los últimos cinco años: la era Trump, que representó el cierre abrupto del proceso de normalización — impulsado durante el segundo mandato de Barack Obama — y convirtió el recrudecimiento del bloqueo y el apoyo desembozado a la subversión en el centro de su accionar hacia la Isla, y se ha prolongado hasta el momento en lo relativo a Cuba por la administración Biden; y los devastadores efectos de la pandemia de COVID-19, con su evidencia más visible en la semiparalización de la economía cubana y la postración del turismo, tensando al máximo un escenario socioeconómico que ya estaba mal.

«A tales agentes externos deben agregarse los efectos derivados de la implementación en el año en curso de la Tarea Ordenamiento, importante componente del programa de reformas que el país necesita. Lamentablemente, esta iniciativa llegó en un momento convulso de la vida nacional y en corto plazo ha provocado fenómenos perjudiciales como el despunte de la inflación.

«Ha de insistirse también en que resultan visibles tanto errores de concepto en su modelación como fallas en la ejecución. No puede olvidarse tampoco dentro de lo coyuntural — de hecho, es una variable central — , la fuerte campaña que contra Cuba y su institucionalidad se desplegó en los últimos meses y que tuvo como soporte la presentación del país como un Estado fallido, incapaz de resolver la crisis económica y superado por el pico pandémico derivado de la propagación de la variante Delta de la COVID 19. Resulta harto conocido cuál es el gran actor externo que ha impulsado estas acciones».

A su vez, Luis Fidel Acosta Machado, docente de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, apunta que son propiciadoras de los hechos del 11 de julio, al menos, cuatro condiciones históricas que esboza sin ponderar una por sobre las otras: dos de ellas hallan cauce en el recrudecimiento de la política hostil del gobierno de los Estados Unidos contra la Revolución cubana y en la crisis económica y sanitaria — y también psicológica — reflejo del desarrollo de la pandemia de la COVID-19 en el país.

«En tercer lugar se encuentran las insuficiencias propias del sistema cubano para alcanzar la tan anunciada y esperada prosperidad socioeconómica, planteada desde la aprobación de los Lineamientos y el proceso de actualización del sistema socialista. Es evidente que existen engranajes productivos, estructuras e instituciones ineficientes que lastran y frenan el necesario desarrollo económico de la Isla, que se traduciría en un mayor grado de bienestar social. Elementos que desde hace tiempo disimiles especialistas, economistas sobre todo, han venido señalando en los medios masivos de comunicación y en las redes sociales.

«Finalmente, acotaría como condicionamiento histórico que, por demás, no es la primera vez que aparece en un proceso de cambio en la historia de Cuba, una especie de cansancio social, una apatía y malestar generalizado que ha encontrado condiciones favorables para crecer en sectores no diré preteridos, pero sí más desfavorecidos social y económicamente, quienes en gran medida, y desde hace mucho, desde los noventa, diría yo, consideran que la Revolución ya es incapaz de satisfacer sus necesidades materiales y espirituales».

El investigador apunta a este sector como no homogéneo, pues recoge en su seno a aquellos que han renunciado de manera definitiva al proceso revolucionario y ven al Socialismo como un sistema fallido que debe de ser sustituido; así como a otro grupo — aún mayoritario, acota — que apuesta por una reforma y perfeccionamiento del sistema, pero ha visto frustradas sus expectativas, de forma especial por la extrema lentitud en que se han llevado a cabo los tan anunciados cambios en los Lineamientos y otras políticas aprobadas en diferentes congresos del Partido y otras instituciones y organizaciones políticas.

«Por otra parte, no solo se trata de mayor apertura económica, sino también política, donde exista una real y plena participación social en los asuntos del Estado, y la democracia socialista se torne evidente y palpable», subraya Acosta Machado.

En tanto, el Doctor en Ciencias Históricas Frank Josué Solar Cabrales destaca que el 11 de julio es resultado de un acumulado cuyas claves hay que buscar no solo en factores recientes como la pandemia y el deterioro progresivo de las condiciones materiales para la reproducción de la vida, sino en otros de más larga data.

«Visto en perspectiva histórica, sus condicionantes provienen de una multiplicidad de vectores internos y externos, muchos de los cuales duran ya décadas. Entre los segundos el fundamental ha sido el bloqueo, que a lo largo de 60 años ha pesado como una losa sobre nuestras posibilidades de desarrollo y bienestar, y de avance del proyecto de justicia social encarnado en la Revolución cubana. Y no solo en lo económico.

«La añeja hostilidad imperialista, que tiene en la guerra económica su principal ariete, ha alimentado el espíritu de trinchera y abroquelamiento, y ha provocado, como parte de una estrategia de defensa, recortes y limitaciones en las potencialidades democráticas y libertarias inherentes al socialismo.

Mientras seamos una revolución de verdad y no una caricatura de ella, y hasta que derrotemos al imperialismo a escala global, la agresividad norteamericana será una constante contra la cual tendremos que luchar. Lo decisivo estará, para resistir y avanzar, en la originalidad y creatividad que seamos capaces de desplegar en el orden interno, donde hemos arrastrado el lastre de errores y rasgos negativos que también incidieron en los sucesos del pasado 11 de julio, tales como una gestión burocrática en ámbitos económicos e institucionales.

«Provenientes la mayoría de ellos del predominio del “socialismo real” en Cuba entre 1971 y 1985, se intentó superarlos a finales de los 80, sin embargo la crisis que sobrevino luego interrumpió ese proceso. Con el Período Especial y las medidas tomadas para enfrentarlo se sumaron nuevos problemas, concurrentes de igual manera al escenario político y social que dio lugar a las protestas recientes. Entre otros, el aumento de la desigualdad y de las escaseces materiales, de bolsones de pobreza, reducciones en la política de protección social que ha caracterizado a la Revolución cubana, creciente papel del dinero en el acceso a servicios y bienes de consumo. Toda esta confluencia de dificultades e insuficiencias viejas y nuevas ha configurado, además, un retroceso de la hegemonía de la cultura socialista en la vida cotidiana y en las representaciones de las personas», expresa el docente de la Universidad de Oriente.

A modo de conclusión, Fernández Batista refiere que el verano de 2021 se erigió como la hora precisa para la materialización de un estallido multicausal. No reconocer el conjunto de variables implicadas cierra las puertas a la comprensión plena del fenómeno y con ello se limita la capacidad para trazar y llevar a vías de hecho las soluciones que requiere la nación: «La crisis cubana, expresión de los efectos de la guerra que se nos hace y de la batalla cultural que libran en la Isla socialismo y capitalismo, vivió, sin duda alguna, un punto de inflexión el pasado mes de julio».

De reclamos y narrativas…

El profesor Fabio Fernández Batista expone que el 11 de julio convergieron en la calle y en las redes sociales digitales reclamos de diverso tipo y, por tanto, «homogeneizar el disenso expresado esa jornada es, a todas luces, un error valorativo de alto costo político».

El joven investigador se atreve a circunscribir las demandas realizadas a tres grandes grupos, atravesados por realidades y deseos no necesariamente excluyentes, así como por otras que obedecen a escenarios e intereses más concretos y no englobadores.

«En primer lugar, emergen los legítimos reclamos que nacen de las reales insatisfacciones de segmentos de la ciudadanía. Es esta la voz de la gente cansada que aspira a una mejoría en sus condiciones de existencia. No hallamos aquí a mercenarios y agentes pagados por un poder externo. Son cubanos de a pie, golpeados por su cotidianidad. Empero, no puede negarse que las campañas de subversión lanzadas contra la Isla tuvieron incidencia en la combustión de estas expectativas de prosperidad frustradas».

El historiador apunta que, asimismo, participaron personas que expresan desde un plano más elaborado sus críticas al ordenamiento socioeconómico y político del país; tendencias de disenso que conviene reconocer como existentes para potenciar la posibilidad del diálogo, sin que este implique concesiones en líneas maestras como la soberanía nacional y la justicia social.

«Los momentos de más luz de la historia revolucionaria conectan con la capacidad del proceso para ensanchar sus límites, a partir del intercambio con el universo plural que tributa al proyecto de nación de contenido popular. Vale resaltar, a su vez, que los portadores de estas ideas de transformación también son objeto de la manipulación externa, fenómeno este en el que tiene responsabilidad la institucionalidad vigente en la Isla, ya que no ha potenciado lo necesario los espacios para que — dentro de la Revolución — puedan expresarse estas ideas otras que interpelan a nuestro socialismo.

«Como un tercer grupo son identificables las fuerzas que apostaron por el caos y que pueden conectarse con los propósitos más agresivos desplegados contra el país. Este grupo se manifestó ajeno a toda voluntad de diálogo y expresó en su accionar mediático y práctico niveles de odio que asustan. El afán por destruir tomó cuerpo dentro de una corriente que expresa propósitos tan espurios como la promoción de la intervención extranjera. Como elemento medular para el análisis emerge la necesidad de explicar, desde lo sociológico, los móviles que propiciaron los comportamientos violentos, los cuales no pueden circunscribirse de forma absoluta a la conexión de los comisores de tales hechos con los planes de subversión articulados contra el país».

Fernández Batista expone que, en el plano exclusivo de las redes sociales digitales, antes y después del día 11 de julio se ha manifestado un ambiente tóxico, testimonio de dinámicas de extrema polarización: «Conviene entender que tal realidad responde a la agudización de los conflictos que se viven en nuestra sociedad, pero también a la muy bien montada estrategia que busca fracturar a la nación. Las redes se han convertido en un terreno de batalla primordial y no siempre las fuerzas propulsoras del socialismo han sabido posicionarse en ellas con coherencia».

Por su parte, el Doctor en Ciencias Históricas Frank José Solar Cabrales manifiesta que buena parte del conglomerado de inconformidades presente en determinados sectores sociales no ha encontrado una solución por canales tradicionales, y se expresaron el 11 de julio en las calles y en las redes sociales digitales.

«Hay mecanismos obstruidos, que no funcionan, o que están deslegitimados incluso, para dar respuesta a muchas de estas insatisfacciones. Ha estado presente también, como un elemento muy activo de la ecuación, la labor contrarrevolucionaria de desestabilización que ha intentado aprovechar, por un lado, el agotamiento y el desgaste generados por el efecto combinado de la pandemia y la crisis económica prolongada, resultante en su mayor parte del bloqueo recrudecido; y por el otro, contradicciones sociales y sectoriales no necesariamente antagónicas y que pudieran encontrar solución al interior del campo revolucionario cubano, para sacarles un saldo favorable a sus propósitos de cambio de régimen».

El docente subraya que no se pueden obviar los esfuerzos subversivos que, dentro y fuera de la Isla, intentan solaparse con los reclamos honestos y genuinos de gran parte de la ciudadanía, y reencausar a su favor el descontento ante penurias y carencias: «El triunfo de su agenda restauracionista y procapitalista implicaría para el pueblo cubano un retroceso enorme en los estándares de justicia social, de desarrollo científico y cultural que ha alcanzado, motivos de asombro y admiración para el resto del mundo».

«Considero divorciados de la tradición histórica y patriótica cubana aquellos pedidos de intervención de Estados Unidos en Cuba. Si algo ha estado siempre presente en el pensamiento político, social, económico, histórico y de toda índole cubano es el nacionalismo y la defensa por encima de todo de la integridad y la soberanía. Incluso aquellas figuras y pensadores que a mediados del siglo XIX abogaron por la anexión de Cuba a los Estados Unidos tenían como objetivo el desarrollo de la Antilla mayor, y cuando vieron frustradas, combatidas y desairadas por las propias administraciones norteamericanas sus aspiraciones políticas, se volcaron la mayoría hacia el independentismo», es categórico el historiador Luis Fidel Acosta Machado.

El joven profesor de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana resalta que, de igual modo, se escucharon y se leen demandas que abogan por el retorno de la Isla al capitalismo, sustentadas en una supuesta época «dorada» de la década del cincuenta, «caracterizada por el desarrollo económico, el bienestar social y la bonanza para todos, falacia que ya ha sido desmontada en innumerables ocasiones».

«Ahora bien, están los reclamos propios de una ciudadanía en situación de crisis: alimentos, medicinas, cuestiones básicas para la vida de la gente. Muy validos y que creo que el Estado debe tener en cuenta para tomar medidas al respecto con urgencia, pues resulta imposible continuar responsabilizando de manera generalizada al bloqueo.

«El bloqueo es responsable de que Cuba no pueda comprar los insumos para elaborar duralgina o comprar arroz en el mercado internacional, pero no es responsable de la pérdida de quintales de mango o calabaza en los campos porque una institución fue incapaz de recoger las producciones a tiempo, ni tampoco es responsable de los impagos a campesinos que desmotivan y lastran su productividad.

«Y están los reclamos de tipo político, que no hablan de desmontaje del sistema, sino de mayor apertura; de mayor y real participación social en las decisiones del Estado, de una mayor representatividad por parte de aquellas instituciones que deben velar por el bienestar popular. Cuba cambió también políticamente en estos más de sesenta años. La generación histórica de la Revolución está cediendo el lugar a una nueva generación de dirigentes, pero estos deben percatarse que deben gobernar además de “para el pueblo”, “con el pueblo”; y es necesaria una mayor interacción con este. El pueblo cubano puso toda su confianza en los líderes históricos de la Revolución por diversos motivos, mas no se puede pedir que pongan esa misma dosis de confianza en los nuevos líderes, por otro cúmulo de razones objetivas, de sobra conocidas», detalla.

¿Paralelismos históricos?

¿Existen antecedentes históricos en la Cuba revolucionaria de sucesos similares a los acontecidos en julio pasado? ¿Asistimos a un momento político sin paralelismos en los últimos 60 años de la historia nacional?¿Supone el 11 de julio un punto de no retorno para la sociedad cubana actual?

Respecto a las interrogantes planteadas, el profesor de la Universidad de Oriente Frank Josué Solar señala que, en sus seis décadas, la Revolución cubana ha conocido escasos periodos de calma. Su estado natural de existencia ha sido — expone — , como corresponde a toda experiencia similar, la lucha permanente contra dificultades enormes y contra la reacción y la agresión imperialista.

«Pensemos, por ejemplo, en los años 60’, cuando enfrentamos una invasión directa y una contrarrevolución interna organizada que tuvo bandas armadas en casi todo el país. Lo novedoso en esta ocasión, uno de los momentos más complicados y delicados de la historia revolucionaria por diversas razones, es quizás la dimensión y extensión de las manifestaciones en las calles, nunca vistas antes en esas proporciones, y que creo sorprendieron a todos.

«Su expansión tan rápida, casi simultánea, por varios puntos de la geografía nacional, devela tres elementos centrales para el análisis: el caldo de cultivo favorable encontrado para reproducirse, el nivel de premeditación y organización con que contaron y el papel de las redes sociales para multiplicar la velocidad y capacidad de las convocatorias. El único acontecimiento comparable, por sus características, fueron los disturbios del 5 de agosto de 1994, pero se diferencian de los más recientes tanto por el contexto y sus demandas, como por su limitación espacial al Malecón y algunas áreas de Centro Habana. Nuestra principal arma para salir victoriosos de cada una de esas coyunturas adversas ha sido siempre la movilización consciente de las mayorías populares en defensa de una obra y un proyecto que les pertenecen. Así tendrá que seguir siendo».

Por su parte, Fabio Fernández Batista expone que la historia de la Revolución es también la historia de los disensos que ha generado, y negar el rol de estos en el devenir de las últimas décadas no ayuda a la compresión del proceso revolucionario.

Tres momentos claves que para el historiador ejemplifican las contradicciones vividas hasta la fecha son las tensiones de la década del 60 — en especial de su primer lustro — , dentro de las que destacan el complejo fenómeno del bandidismo y las acciones violentas de la contrarrevolución urbana; el caldeado ambiente de la confluencia entre los decenios del 70 y el 80, corporizado en los sucesos del Mariel; y la crispación de los años iniciales del Período Especial, que condujo a la manifestación del 5 de agosto de 1994 y que de igual forma se expresó en la oleada migratoria de los balseros.

«Los momentos subrayados son muestra de fracturas dentro del consenso político nacional y, en tal sentido, con sus imprescindibles matices pueden trazarse ciertos paralelismos con los acontecimientos recientes. Sin embargo, los sucesos del 11 y el 12 de julio poseen una connotación especial, pues llegan en el marco de una profunda crisis que expresa la colosal batalla que dirimen socialismo y capitalismo en Cuba.

«En otros momentos históricos el acumulado a favor de la Revolución era más sólido que en los días que corren. Dentro del combate de hoy se insertan la recrudecida agresión foránea y su despliegue a través de acciones subversivas internas, la erosión del capital simbólico del proyecto revolucionario, la creciente desigualdad y estratificación social, la emergencia de un nuevo liderazgo político, la irrupción en el debate público de generaciones alejadas de la épica de los decenios fundacionales de la Revolución, la informatización del país y el lento y contradictorio despliegue de las reformas que necesita la ansiada renovación del socialismo cubano. Vivimos un momento singular definido por la presencia de retos mayúsculos» detalla.

El profesor Luis Fidel Acosta Machado no duda en afirmar que estamos en presencia de un momento político sin paralelismo en los últimos 60 años de la nación cubana; y subraya que los elementos antes señalados por sus colegas «colocan al proceso revolucionario en una cuerda muy tensa y lo obligan a dar pasos muy firmes y sólidos en aras de mantenerse como opción viable de desarrollo, crecimiento y bienestar para Cuba».

«Creo, en sentido general, que crisis social ha habido en varios momentos de la Revolución, aunque nunca bajo las condiciones y con las características que presentó la del 11 de julio, lo cual la torna, a mi entender, en la de mayor impacto y la que mayor peligro presente para el proceso revolucionario cubano. Precisamente por las condiciones sociopolíticas, económicas, de dirección… que le dieron lugar, y que en gran medida no han desaparecido. Las aguas se han calmado, sin embargo, las condiciones climatológicas que desataron la tormenta siguen. Toca a los decisores políticos, de la manera más inteligente, hacer que estas varíen».

El paradigma unitario: escudo y punta de lanza

La unidad, o más bien la falta de ella, frustró buena parte de los movimientos emancipadores nacionales antes de enero de 1959. La Revolución logró articular altos niveles de consenso en la utopía que significaba el nuevo proyecto de país en curso.

La unidad como escudo protector cimentaba la nación; asimismo, desde una visión encorsetada de la pluralidad, apartaba toda oportunidad de disenso y revestía de antagonista a la crítica. ¿Suponen los hechos del 11 de julio una fragmentación de la unidad nacional?¿Es enemiga la pluralidad, en su esencia, del modelo socialista cubano? Dadas sus características actuales, ¿es irremediable la fragmentación de la sociedad cubana? De ser así, ¿cuáles pueden ser sus consecuencias?

El investigador Frank Josué Solar Cabrales explica que la razón principal del triunfo del 1ro de enero de 1959 no fue la unidad formal entre distintos grupos revolucionarios, sino la hegemonía alcanzada por el Movimiento 26 de Julio y su líder máximo, Fidel Castro, en la lucha antibatistiana. Esto le granjeó — refiere — un apoyo popular mayoritario, sin embargo el consenso disfrutado por la Revolución cubana en sus 60 años ha experimentado deterioros en los últimos tiempos, y el 11 de julio fue muestra de ello.

«Como advertía Fidel, desde diciembre de 1957, “lo importante para la revolución no es la unidad en sí, sino las bases de dicha unidad, la forma en que se viabilice y las intenciones patrióticas que la animen”. Es decir, lo esencial de la unidad son sus propósitos y el cómo se logra y se mantiene. No se trata de defender la unidad per se, porque ella podría ser también un instrumento al servicio de intereses espurios y de grupos de poder y para acallar voces críticas o alternativas, con una falsa imagen de unanimidad.

El investigador expresa que la unidad debe servir de coraza contra los enemigos de la nación, así como brindar espacios a la pluralidad de voces y propuestas que coexisten en la actualidad al interior del socialismo cubano.

Mientras, Luis Fidel Acosta Machado sostiene el criterio de que la nación no se encuentra en un momento de fragmentación popular de la envergadura que tuvo, por ejemplo, la Revolución de los treinta.

«Considero que el pueblo cubano quiere, en general, el mantenimiento de la soberanía e independencia, rechaza cualquier intervención foránea en los asuntos internos, mantiene firme su ideal de construcción de una sociedad más justa, equitativa, prospera y sostenible; y, por encima de todo, ama y defiende a Cuba sin importar el sacrificio. Ahora bien, lo que sí existen hoy son profundas fracturas en el consenso político, que pueden convertirse en grietas irreparables si no se atajan a tiempo.

«El cubano apuesta por el socialismo como vía para alcanzar ese ideal de prosperidad y justicia social, pero siente la necesidad de transformarlo, renovarlo, y exige esos cambios sin titubeos, sin medidas temerosas. Por supuesto, hay sectores, como ya señalé, que ven en la restauración capitalista la solución a los problemas de Cuba; no obstante, creo con firmeza que la mayoría apuesta por un socialismo nuevo, fresco y adaptado a los tiempos que corren. El principal reto de la dirección actual, si quiere evitar que las fracturas se conviertan en quebradas, es escuchar con más atención a la ciudadanía...

«Los ecos no ayudan a mejorar, las divergencias enriquecen el proyecto y lo tornan más sólido. La unidad es necesaria en un proyecto social como el que se realiza en Cuba, pero unidad no es uniformidad, hay que lograr la unidad en la diversidad de criterios. Que el fin sea la soberanía de la nación y el bienestar del pueblo de Cuba siempre; que las propuestas, caminos e ideas para lograrlo sean varias: algunas serán desechadas, otras asumidas a medias o valoradas en su justa medida… pero entre todas se llegará al destino deseado».

El investigador Fabio Fernández Batista señala que más de una vez la desunión ha pasado factura, y que los éxitos del pueblo cubano han derivado de su capacidad de nuclearse en torno a un proyecto común: la conjunción de fuerzas ha sido el camino para alcanzar las metas propuestas.

«No puede entenderse a la Revolución si se prescinde de los niveles de consenso que esta articuló en torno suyo. El proyecto revolucionario aglutinó disímiles sensibilidades, cosmovisiones e ideologías, dentro del afán por garantizar la justicia social y la soberanía del país. No fue, bajo ningún concepto, capilla estrecha destinada a unos pocos feligreses.

«De cara a los retos de hoy, urge potenciar — a través de todos los mecanismos posibles — la rearticulación del paradigma unitario. El camino hacia tal propósito pasa por el terreno de las realizaciones concretas que cambien para mejor la vida de la gente, así como por la creación de los espacios que permitan la expresión del universo plural que somos en lo social.

«Sin caer en el idealista discurso de la conciliación — el sueño peregrino que apunta a un “todos” que jamás es posible, pues dentro de la sociedad se dan intereses antagónicos — conviene no atizar la polarización, naturalizar el diálogo con el que opina diferente y construir rutas comunes que den espacio a todas las voces dispuestas a participar desde el compromiso con determinados principios no negociables».

El Doctor en Ciencias Históricas refiere que, si la unidad no se muestra como realidad cierta, la nación se verá sometida a turbulencias diversas que limitarán su desarrollo. De la fragmentación de una sociedad nacen los conflictos, la violencia, la disfuncionalidad de las instituciones, la frustración, la apatía y la debilidad frente a los retos que llegan del exterior.

Urgencias en el camino

El Doctor en Ciencias Históricas Frank Josué Solar Cabrales señala que se debe identificar cuáles son los reclamos legítimos, y atenderlos desde nuevos modos de hacer política: «Nuestras instituciones se han acostumbrado a lidiar con las contradicciones y las insatisfacciones a través de mecanismos tradicionales, y creo que deben prepararse para un tipo de interpelación más directa y pública; reaccionar con mayor agilidad, de manera abierta y transparente. Ello obliga a la reproducción de la hegemonía socialista cada vez menos desde el verticalismo y métodos de control administrativo, y cada vez más desde el debate y el consenso».

Para el investigador de la Universidad de Oriente lo que está en liza en la Cuba actual es si se establecerá un orden posrevolucionario que abandone la aspiración comunista y se limite a intentar regular el mercado, y redistribuir con mayor o menor justicia la riqueza obtenida mediante mecanismos propios del capitalismo; o si se renueva y profundiza en el socialismo, teniendo al comunismo como horizonte.

«Esta última opción requiere forzar, a través de la conciencia y la voluntad, dentro de lo que objetivamente es posible, las realidades materiales circundantes. No conformarse con ellas, no dejarse vencer por ellas» resalta.

En tanto, el historiador Luis Fidel Acosta Machado considera que no se puede dejar de reconocer el papel que la Academia y de los científicos sociales — sociólogos, filósofos, economistas, historiadores… — en el análisis razonado, desprejuiciado, de los procesos sociales, económicos y políticos que están teniendo lugar en la Mayor de las Antillas.

«Desoírlos creo que sería suicida, como lo sería desoír a la Academia cubana en su totalidad. Es imperativo para aplicar las transformaciones, remedios y soluciones que se requieran en cada paso del proceso de perfeccionamiento y actualización del modelo social cubano.

«Si la dirección de la Revolución se muestra capaz de separar el grano de la paja, o sea, de asumir que entre aquellos que protestaron, además de vándalos y opositores al proceso cubano, había personas con preocupaciones y demandas legítimas que por una razón u otra no encontraron los causes institucionales para mostrar su descontento, o acudieron a estos y no tuvieron respuestas; o consideraron que manifestarse en las calles era la manera más radical y directa de mostrar sus insatisfacciones o, simplemente, lo hicieron por desesperación y por la necesidad humana del desahogo, entonces el impacto será enorme y beneficioso para la sociedad cubana», detalla.

El docente de la Universidad de La Habana no considera fortuitas o hijas de la improvisación las reuniones que el presidente Díaz-Canel y demás miembros del gobierno y el Partido están teniendo con sectores claves del entramado social, religioso, comunicacional y político cubano.

«Tampoco me parece espontánea la reactivación del proyecto de rehabilitación de los barrios, en especial de los más necesitados y en peores condiciones, muchos de los cuales fueron protagonistas fundamentales de los sucesos del 11 de julio, como La Güinera. Ya se está viendo el impacto político y económico, y muy pronto se comenzará a ver el social».

El Doctor en Ciencias Históricas, Fabio Fernández Batista, explica que a las instituciones le corresponde jugar un rol clave en la articulación de las iniciativas que, con más contundencia, incidirán sobre las necesidades de la ciudadanía; y subraya que deberían actuar, asimismo, como plataformas que canalicen los esfuerzos de autogestión popular generados al interior de las comunidades.

Respecto al papel específico de la Academia como parte del entramado institucional del país, insiste en que ha de participar en la búsqueda de los caminos que ayuden a alcanzar las metas de prosperidad y equidad que la nación se traza dentro de la opción socialista consagrada en la Constitución.

Por ende, desde la visión de Fernández Batista, le compete establecer diagnósticos, proponer líneas de acción, y un diálogo permanente con los decisores y la ciudadanía; además de ir al terreno, palpar el día a día que se vive en los barrios de Cuba y comprometerse con la posibilidad de transformar para mejor el estado de cosas.

«En el ámbito específico de la ciencia histórica, se hace evidente su radio de acción. Desde sus presupuestos se puede establecer el origen de los fenómenos que hoy preocupan, comparar el presente con situaciones análogas ya vividas e insistir en la multicausalidad de los procesos que definen nuestra realidad.

«Para que todo lo mencionado sea cierto, los historiadores tendrán que romper con ciertas inercias que definen al gremio. Asumir de una vez que la Historia no es en exclusiva la ciencia del pasado y que tiene mucho que decir en el diálogo directo con la contemporaneidad. No es momento de torres de marfil ni de silencios».

(1) El uso del término reforma para caracterizar los procesos de transformación acaecidos en Cuba durante los últimos treinta años resulta polémico. Desde lecturas sumamente conservadoras se le endilga contenidos peyorativos ajenos a la noción que se maneja al interior de las ciencias sociales. La identificación entre el concepto reforma y la corriente política llamada reformismo, muy denostada por parte de la tradición marxista, influye sin dudas en esta percepción. Un análisis riguroso de lo acontecido en la Isla en las tres décadas más recientes obliga a emplear el término referido, más allá de que este no haya sido incorporado por el discurso oficial.

*Este material forma parte de una serie de textos producidos por la revista Alma Mater con el concurso de investigadores y especialistas en diversas ciencias sociales, que busca discernir las causas de los acontecimientos del pasado 11 de julio, así como analizar las demandas realizadas y sus posibles resoluciones.

** Para la elaboración del dossier “Desafíos del consenso” se convocó a investigadores sociales de diferentes edades, géneros, colores de piel y procedencias geográficas, bajo la premisa de que las características sociodemográficas individuales también median la interpretación de la realidad. Lamentablemente, por disímiles causas, no todas las personas contactadas accedieron a participar

 

Para algunos es ciencia muerta; para otros encuentra sustento en cada uno de los entramados que articulan y mueven las sociedades. Como aséptica literatura de consulta o como sinergia que da vida a los hilos que van dibujando el presente, la Historia, en mayúsculas, no debería darse por sentada cuando esbozamos el futuro y sus perspectivas.

Basta mirar por encima del hombro o ponerla frente al espejo para redescubrir las piedras con las que choca la humanidad una y otra vez. La Historia como proceso multicausal y como herramienta analítica para entender de dónde venimos y hacia dónde debemos ir llega a la séptima entrega del dossier Desafíos del Consenso.

Muchas interrogantes nos mueven, entre ellas si estamos haciendo las preguntas correctas. En esta ocasión nos auxilian el Doctor en Ciencias Históricas Fabio Fernández Batista, jefe del Departamento de Historia de Cuba de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana; el Doctor en Ciencias Históricas Frank Josué Solar Cabrales, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Oriente; y el Máster en Ciencias Luis Fidel Acosta Machado, profesor del Departamento de Historia de Cuba de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana.

Más que azares, causas para un domingo

Los sucesos del pasado domingo 11 de julio expresan la convergencia de problemáticas de índole estructural y coyuntural, señala el Doctor en Ciencias Históricas Fabio Fernández Batista; y enfatiza que solo un análisis en ambos planos de las diferentes variables en juego permite entender el entramado que define a la Cuba de hoy.

«Del lado de las primeras destaca la crisis que experimenta la sociedad cubana desde hace treinta años, la cual es resultado de las falencias del modelo de socialismo vigente y del acoso norteamericano. En las últimas tres décadas, la continuidad de la hostilidad estadounidense se ha visto acompañada por las dificultades para implementar a plenitud las reformas(1) que demanda el país. La aplicación de estas últimas ha sido parcial, en el marco de un proceso caracterizado por avances y retrocesos.

«Llama la atención la resistencia a los cambios que se ha desplegado desde sectores del aparato institucional. La presencia de intereses creados, el temor a las consecuencias políticas de las transformaciones económicas y la persistencia de viejas mentalidades se erigen como causa probable de estos comportamientos. Las líneas de acción aprobadas en los tres últimos congresos del Partido y esbozadas en la Constitución de 2019 esperan aún su definitiva articulación práctica. Mientras, las reformas no acaban de llegar con la fuerza que se necesita, nuestra sociedad se vuelve más diversa, desigual, conectada y contradictoria; todo ello en el marco de un consenso político fracturado al calor de las múltiples insatisfacciones de la gente y del cierre del largo ciclo de gestión que encabezó el liderazgo histórico de la Revolución».

El también vicepresidente primero de la Unión de Historiadores de Cuba precisa que en el terreno de lo coyuntural destacan acontecimientos de los últimos cinco años: la era Trump, que representó el cierre abrupto del proceso de normalización — impulsado durante el segundo mandato de Barack Obama — y convirtió el recrudecimiento del bloqueo y el apoyo desembozado a la subversión en el centro de su accionar hacia la Isla, y se ha prolongado hasta el momento en lo relativo a Cuba por la administración Biden; y los devastadores efectos de la pandemia de COVID-19, con su evidencia más visible en la semiparalización de la economía cubana y la postración del turismo, tensando al máximo un escenario socioeconómico que ya estaba mal.

«A tales agentes externos deben agregarse los efectos derivados de la implementación en el año en curso de la Tarea Ordenamiento, importante componente del programa de reformas que el país necesita. Lamentablemente, esta iniciativa llegó en un momento convulso de la vida nacional y en corto plazo ha provocado fenómenos perjudiciales como el despunte de la inflación.

«Ha de insistirse también en que resultan visibles tanto errores de concepto en su modelación como fallas en la ejecución. No puede olvidarse tampoco dentro de lo coyuntural — de hecho, es una variable central — , la fuerte campaña que contra Cuba y su institucionalidad se desplegó en los últimos meses y que tuvo como soporte la presentación del país como un Estado fallido, incapaz de resolver la crisis económica y superado por el pico pandémico derivado de la propagación de la variante Delta de la COVID 19. Resulta harto conocido cuál es el gran actor externo que ha impulsado estas acciones».

A su vez, Luis Fidel Acosta Machado, docente de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, apunta que son propiciadoras de los hechos del 11 de julio, al menos, cuatro condiciones históricas que esboza sin ponderar una por sobre las otras: dos de ellas hallan cauce en el recrudecimiento de la política hostil del gobierno de los Estados Unidos contra la Revolución cubana y en la crisis económica y sanitaria — y también psicológica — reflejo del desarrollo de la pandemia de la COVID-19 en el país.

«En tercer lugar se encuentran las insuficiencias propias del sistema cubano para alcanzar la tan anunciada y esperada prosperidad socioeconómica, planteada desde la aprobación de los Lineamientos y el proceso de actualización del sistema socialista. Es evidente que existen engranajes productivos, estructuras e instituciones ineficientes que lastran y frenan el necesario desarrollo económico de la Isla, que se traduciría en un mayor grado de bienestar social. Elementos que desde hace tiempo disimiles especialistas, economistas sobre todo, han venido señalando en los medios masivos de comunicación y en las redes sociales.

«Finalmente, acotaría como condicionamiento histórico que, por demás, no es la primera vez que aparece en un proceso de cambio en la historia de Cuba, una especie de cansancio social, una apatía y malestar generalizado que ha encontrado condiciones favorables para crecer en sectores no diré preteridos, pero sí más desfavorecidos social y económicamente, quienes en gran medida, y desde hace mucho, desde los noventa, diría yo, consideran que la Revolución ya es incapaz de satisfacer sus necesidades materiales y espirituales».

El investigador apunta a este sector como no homogéneo, pues recoge en su seno a aquellos que han renunciado de manera definitiva al proceso revolucionario y ven al Socialismo como un sistema fallido que debe de ser sustituido; así como a otro grupo — aún mayoritario, acota — que apuesta por una reforma y perfeccionamiento del sistema, pero ha visto frustradas sus expectativas, de forma especial por la extrema lentitud en que se han llevado a cabo los tan anunciados cambios en los Lineamientos y otras políticas aprobadas en diferentes congresos del Partido y otras instituciones y organizaciones políticas.

«Por otra parte, no solo se trata de mayor apertura económica, sino también política, donde exista una real y plena participación social en los asuntos del Estado, y la democracia socialista se torne evidente y palpable», subraya Acosta Machado.

En tanto, el Doctor en Ciencias Históricas Frank Josué Solar Cabrales destaca que el 11 de julio es resultado de un acumulado cuyas claves hay que buscar no solo en factores recientes como la pandemia y el deterioro progresivo de las condiciones materiales para la reproducción de la vida, sino en otros de más larga data.

«Visto en perspectiva histórica, sus condicionantes provienen de una multiplicidad de vectores internos y externos, muchos de los cuales duran ya décadas. Entre los segundos el fundamental ha sido el bloqueo, que a lo largo de 60 años ha pesado como una losa sobre nuestras posibilidades de desarrollo y bienestar, y de avance del proyecto de justicia social encarnado en la Revolución cubana. Y no solo en lo económico.

«La añeja hostilidad imperialista, que tiene en la guerra económica su principal ariete, ha alimentado el espíritu de trinchera y abroquelamiento, y ha provocado, como parte de una estrategia de defensa, recortes y limitaciones en las potencialidades democráticas y libertarias inherentes al socialismo. Mientras seamos una revolución de verdad y no una caricatura de ella, y hasta que derrotemos al imperialismo a escala global, la agresividad norteamericana será una constante contra la cual tendremos que luchar. Lo decisivo estará, para resistir y avanzar, en la originalidad y creatividad que seamos capaces de desplegar en el orden interno, donde hemos arrastrado el lastre de errores y rasgos negativos que también incidieron en los sucesos del pasado 11 de julio, tales como una gestión burocrática en ámbitos económicos e institucionales.

«Provenientes la mayoría de ellos del predominio del “socialismo real” en Cuba entre 1971 y 1985, se intentó superarlos a finales de los 80, sin embargo la crisis que sobrevino luego interrumpió ese proceso. Con el Período Especial y las medidas tomadas para enfrentarlo se sumaron nuevos problemas, concurrentes de igual manera al escenario político y social que dio lugar a las protestas recientes. Entre otros, el aumento de la desigualdad y de las escaseces materiales, de bolsones de pobreza, reducciones en la política de protección social que ha caracterizado a la Revolución cubana, creciente papel del dinero en el acceso a servicios y bienes de consumo. Toda esta confluencia de dificultades e insuficiencias viejas y nuevas ha configurado, además, un retroceso de la hegemonía de la cultura socialista en la vida cotidiana y en las representaciones de las personas», expresa el docente de la Universidad de Oriente.

A modo de conclusión, Fernández Batista refiere que el verano de 2021 se erigió como la hora precisa para la materialización de un estallido multicausal. No reconocer el conjunto de variables implicadas cierra las puertas a la comprensión plena del fenómeno y con ello se limita la capacidad para trazar y llevar a vías de hecho las soluciones que requiere la nación: «La crisis cubana, expresión de los efectos de la guerra que se nos hace y de la batalla cultural que libran en la Isla socialismo y capitalismo, vivió, sin duda alguna, un punto de inflexión el pasado mes de julio».

De reclamos y narrativas…

El profesor Fabio Fernández Batista expone que el 11 de julio convergieron en la calle y en las redes sociales digitales reclamos de diverso tipo y, por tanto, «homogeneizar el disenso expresado esa jornada es, a todas luces, un error valorativo de alto costo político».

El joven investigador se atreve a circunscribir las demandas realizadas a tres grandes grupos, atravesados por realidades y deseos no necesariamente excluyentes, así como por otras que obedecen a escenarios e intereses más concretos y no englobadores.

«En primer lugar, emergen los legítimos reclamos que nacen de las reales insatisfacciones de segmentos de la ciudadanía. Es esta la voz de la gente cansada que aspira a una mejoría en sus condiciones de existencia. No hallamos aquí a mercenarios y agentes pagados por un poder externo. Son cubanos de a pie, golpeados por su cotidianidad. Empero, no puede negarse que las campañas de subversión lanzadas contra la Isla tuvieron incidencia en la combustión de estas expectativas de prosperidad frustradas».

El historiador apunta que, asimismo, participaron personas que expresan desde un plano más elaborado sus críticas al ordenamiento socioeconómico y político del país; tendencias de disenso que conviene reconocer como existentes para potenciar la posibilidad del diálogo, sin que este implique concesiones en líneas maestras como la soberanía nacional y la justicia social.

«Los momentos de más luz de la historia revolucionaria conectan con la capacidad del proceso para ensanchar sus límites, a partir del intercambio con el universo plural que tributa al proyecto de nación de contenido popular. Vale resaltar, a su vez, que los portadores de estas ideas de transformación también son objeto de la manipulación externa, fenómeno este en el que tiene responsabilidad la institucionalidad vigente en la Isla, ya que no ha potenciado lo necesario los espacios para que — dentro de la Revolución — puedan expresarse estas ideas otras que interpelan a nuestro socialismo.

«Como un tercer grupo son identificables las fuerzas que apostaron por el caos y que pueden conectarse con los propósitos más agresivos desplegados contra el país. Este grupo se manifestó ajeno a toda voluntad de diálogo y expresó en su accionar mediático y práctico niveles de odio que asustan. El afán por destruir tomó cuerpo dentro de una corriente que expresa propósitos tan espurios como la promoción de la intervención extranjera. Como elemento medular para el análisis emerge la necesidad de explicar, desde lo sociológico, los móviles que propiciaron los comportamientos violentos, los cuales no pueden circunscribirse de forma absoluta a la conexión de los comisores de tales hechos con los planes de subversión articulados contra el país».

Fernández Batista expone que, en el plano exclusivo de las redes sociales digitales, antes y después del día 11 de julio se ha manifestado un ambiente tóxico, testimonio de dinámicas de extrema polarización: «Conviene entender que tal realidad responde a la agudización de los conflictos que se viven en nuestra sociedad, pero también a la muy bien montada estrategia que busca fracturar a la nación. Las redes se han convertido en un terreno de batalla primordial y no siempre las fuerzas propulsoras del socialismo han sabido posicionarse en ellas con coherencia».

Por su parte, el Doctor en Ciencias Históricas Frank José Solar Cabrales manifiesta que buena parte del conglomerado de inconformidades presente en determinados sectores sociales no ha encontrado una solución por canales tradicionales, y se expresaron el 11 de julio en las calles y en las redes sociales digitales.

«Hay mecanismos obstruidos, que no funcionan, o que están deslegitimados incluso, para dar respuesta a muchas de estas insatisfacciones. Ha estado presente también, como un elemento muy activo de la ecuación, la labor contrarrevolucionaria de desestabilización que ha intentado aprovechar, por un lado, el agotamiento y el desgaste generados por el efecto combinado de la pandemia y la crisis económica prolongada, resultante en su mayor parte del bloqueo recrudecido; y por el otro, contradicciones sociales y sectoriales no necesariamente antagónicas y que pudieran encontrar solución al interior del campo revolucionario cubano, para sacarles un saldo favorable a sus propósitos de cambio de régimen».

El docente subraya que no se pueden obviar los esfuerzos subversivos que, dentro y fuera de la Isla, intentan solaparse con los reclamos honestos y genuinos de gran parte de la ciudadanía, y reencausar a su favor el descontento ante penurias y carencias: «El triunfo de su agenda restauracionista y procapitalista implicaría para el pueblo cubano un retroceso enorme en los estándares de justicia social, de desarrollo científico y cultural que ha alcanzado, motivos de asombro y admiración para el resto del mundo».

«Considero divorciados de la tradición histórica y patriótica cubana aquellos pedidos de intervención de Estados Unidos en Cuba. Si algo ha estado siempre presente en el pensamiento político, social, económico, histórico y de toda índole cubano es el nacionalismo y la defensa por encima de todo de la integridad y la soberanía. Incluso aquellas figuras y pensadores que a mediados del siglo XIX abogaron por la anexión de Cuba a los Estados Unidos tenían como objetivo el desarrollo de la Antilla mayor, y cuando vieron frustradas, combatidas y desairadas por las propias administraciones norteamericanas sus aspiraciones políticas, se volcaron la mayoría hacia el independentismo», es categórico el historiador Luis Fidel Acosta Machado.

El joven profesor de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana resalta que, de igual modo, se escucharon y se leen demandas que abogan por el retorno de la Isla al capitalismo, sustentadas en una supuesta época «dorada» de la década del cincuenta, «caracterizada por el desarrollo económico, el bienestar social y la bonanza para todos, falacia que ya ha sido desmontada en innumerables ocasiones».

«Ahora bien, están los reclamos propios de una ciudadanía en situación de crisis: alimentos, medicinas, cuestiones básicas para la vida de la gente. Muy validos y que creo que el Estado debe tener en cuenta para tomar medidas al respecto con urgencia, pues resulta imposible continuar responsabilizando de manera generalizada al bloqueo.

«El bloqueo es responsable de que Cuba no pueda comprar los insumos para elaborar duralgina o comprar arroz en el mercado internacional, pero no es responsable de la pérdida de quintales de mango o calabaza en los campos porque una institución fue incapaz de recoger las producciones a tiempo, ni tampoco es responsable de los impagos a campesinos que desmotivan y lastran su productividad.

«Y están los reclamos de tipo político, que no hablan de desmontaje del sistema, sino de mayor apertura; de mayor y real participación social en las decisiones del Estado, de una mayor representatividad por parte de aquellas instituciones que deben velar por el bienestar popular. Cuba cambió también políticamente en estos más de sesenta años. La generación histórica de la Revolución está cediendo el lugar a una nueva generación de dirigentes, pero estos deben percatarse que deben gobernar además de “para el pueblo”, “con el pueblo”; y es necesaria una mayor interacción con este. El pueblo cubano puso toda su confianza en los líderes históricos de la Revolución por diversos motivos, mas no se puede pedir que pongan esa misma dosis de confianza en los nuevos líderes, por otro cúmulo de razones objetivas, de sobra conocidas», detalla.

¿Paralelismos históricos?

¿Existen antecedentes históricos en la Cuba revolucionaria de sucesos similares a los acontecidos en julio pasado? ¿Asistimos a un momento político sin paralelismos en los últimos 60 años de la historia nacional?¿Supone el 11 de julio un punto de no retorno para la sociedad cubana actual?

Respecto a las interrogantes planteadas, el profesor de la Universidad de Oriente Frank Josué Solar señala que, en sus seis décadas, la Revolución cubana ha conocido escasos periodos de calma. Su estado natural de existencia ha sido — expone — , como corresponde a toda experiencia similar, la lucha permanente contra dificultades enormes y contra la reacción y la agresión imperialista.

«Pensemos, por ejemplo, en los años 60’, cuando enfrentamos una invasión directa y una contrarrevolución interna organizada que tuvo bandas armadas en casi todo el país. Lo novedoso en esta ocasión, uno de los momentos más complicados y delicados de la historia revolucionaria por diversas razones, es quizás la dimensión y extensión de las manifestaciones en las calles, nunca vistas antes en esas proporciones, y que creo sorprendieron a todos.

«Su expansión tan rápida, casi simultánea, por varios puntos de la geografía nacional, devela tres elementos centrales para el análisis: el caldo de cultivo favorable encontrado para reproducirse, el nivel de premeditación y organización con que contaron y el papel de las redes sociales para multiplicar la velocidad y capacidad de las convocatorias. El único acontecimiento comparable, por sus características, fueron los disturbios del 5 de agosto de 1994, pero se diferencian de los más recientes tanto por el contexto y sus demandas, como por su limitación espacial al Malecón y algunas áreas de Centro Habana. Nuestra principal arma para salir victoriosos de cada una de esas coyunturas adversas ha sido siempre la movilización consciente de las mayorías populares en defensa de una obra y un proyecto que les pertenecen. Así tendrá que seguir siendo».

Por su parte, Fabio Fernández Batista expone que la historia de la Revolución es también la historia de los disensos que ha generado, y negar el rol de estos en el devenir de las últimas décadas no ayuda a la compresión del proceso revolucionario.

Tres momentos claves que para el historiador ejemplifican las contradicciones vividas hasta la fecha son las tensiones de la década del 60 — en especial de su primer lustro — , dentro de las que destacan el complejo fenómeno del bandidismo y las acciones violentas de la contrarrevolución urbana; el caldeado ambiente de la confluencia entre los decenios del 70 y el 80, corporizado en los sucesos del Mariel; y la crispación de los años iniciales del Período Especial, que condujo a la manifestación del 5 de agosto de 1994 y que de igual forma se expresó en la oleada migratoria de los balseros.

«Los momentos subrayados son muestra de fracturas dentro del consenso político nacional y, en tal sentido, con sus imprescindibles matices pueden trazarse ciertos paralelismos con los acontecimientos recientes. Sin embargo, los sucesos del 11 y el 12 de julio poseen una connotación especial, pues llegan en el marco de una profunda crisis que expresa la colosal batalla que dirimen socialismo y capitalismo en Cuba.

«En otros momentos históricos el acumulado a favor de la Revolución era más sólido que en los días que corren. Dentro del combate de hoy se insertan la recrudecida agresión foránea y su despliegue a través de acciones subversivas internas, la erosión del capital simbólico del proyecto revolucionario, la creciente desigualdad y estratificación social, la emergencia de un nuevo liderazgo político, la irrupción en el debate público de generaciones alejadas de la épica de los decenios fundacionales de la Revolución, la informatización del país y el lento y contradictorio despliegue de las reformas que necesita la ansiada renovación del socialismo cubano. Vivimos un momento singular definido por la presencia de retos mayúsculos» detalla.

El profesor Luis Fidel Acosta Machado no duda en afirmar que estamos en presencia de un momento político sin paralelismo en los últimos 60 años de la nación cubana; y subraya que los elementos antes señalados por sus colegas «colocan al proceso revolucionario en una cuerda muy tensa y lo obligan a dar pasos muy firmes y sólidos en aras de mantenerse como opción viable de desarrollo, crecimiento y bienestar para Cuba».

«Creo, en sentido general, que crisis social ha habido en varios momentos de la Revolución, aunque nunca bajo las condiciones y con las características que presentó la del 11 de julio, lo cual la torna, a mi entender, en la de mayor impacto y la que mayor peligro presente para el proceso revolucionario cubano. Precisamente por las condiciones sociopolíticas, económicas, de dirección… que le dieron lugar, y que en gran medida no han desaparecido. Las aguas se han calmado, sin embargo, las condiciones climatológicas que desataron la tormenta siguen. Toca a los decisores políticos, de la manera más inteligente, hacer que estas varíen».

El paradigma unitario: escudo y punta de lanza

La unidad, o más bien la falta de ella, frustró buena parte de los movimientos emancipadores nacionales antes de enero de 1959. La Revolución logró articular altos niveles de consenso en la utopía que significaba el nuevo proyecto de país en curso.

La unidad como escudo protector cimentaba la nación; asimismo, desde una visión encorsetada de la pluralidad, apartaba toda oportunidad de disenso y revestía de antagonista a la crítica. ¿Suponen los hechos del 11 de julio una fragmentación de la unidad nacional?¿Es enemiga la pluralidad, en su esencia, del modelo socialista cubano? Dadas sus características actuales, ¿es irremediable la fragmentación de la sociedad cubana? De ser así, ¿cuáles pueden ser sus consecuencias?

El investigador Frank Josué Solar Cabrales explica que la razón principal del triunfo del 1ro de enero de 1959 no fue la unidad formal entre distintos grupos revolucionarios, sino la hegemonía alcanzada por el Movimiento 26 de Julio y su líder máximo, Fidel Castro, en la lucha antibatistiana. Esto le granjeó — refiere — un apoyo popular mayoritario, sin embargo el consenso disfrutado por la Revolución cubana en sus 60 años ha experimentado deterioros en los últimos tiempos, y el 11 de julio fue muestra de ello.

«Como advertía Fidel, desde diciembre de 1957, “lo importante para la revolución no es la unidad en sí, sino las bases de dicha unidad, la forma en que se viabilice y las intenciones patrióticas que la animen”. Es decir, lo esencial de la unidad son sus propósitos y el cómo se logra y se mantiene. No se trata de defender la unidad per se, porque ella podría ser también un instrumento al servicio de intereses espurios y de grupos de poder y para acallar voces críticas o alternativas, con una falsa imagen de unanimidad.

El investigador expresa que la unidad debe servir de coraza contra los enemigos de la nación, así como brindar espacios a la pluralidad de voces y propuestas que coexisten en la actualidad al interior del socialismo cubano.

Mientras, Luis Fidel Acosta Machado sostiene el criterio de que la nación no se encuentra en un momento de fragmentación popular de la envergadura que tuvo, por ejemplo, la Revolución de los treinta.

«Considero que el pueblo cubano quiere, en general, el mantenimiento de la soberanía e independencia, rechaza cualquier intervención foránea en los asuntos internos, mantiene firme su ideal de construcción de una sociedad más justa, equitativa, prospera y sostenible; y, por encima de todo, ama y defiende a Cuba sin importar el sacrificio. Ahora bien, lo que sí existen hoy son profundas fracturas en el consenso político, que pueden convertirse en grietas irreparables si no se atajan a tiempo.

«El cubano apuesta por el socialismo como vía para alcanzar ese ideal de prosperidad y justicia social, pero siente la necesidad de transformarlo, renovarlo, y exige esos cambios sin titubeos, sin medidas temerosas. Por supuesto, hay sectores, como ya señalé, que ven en la restauración capitalista la solución a los problemas de Cuba; no obstante, creo con firmeza que la mayoría apuesta por un socialismo nuevo, fresco y adaptado a los tiempos que corren. El principal reto de la dirección actual, si quiere evitar que las fracturas se conviertan en quebradas, es escuchar con más atención a la ciudadanía...

«Los ecos no ayudan a mejorar, las divergencias enriquecen el proyecto y lo tornan más sólido. La unidad es necesaria en un proyecto social como el que se realiza en Cuba, pero unidad no es uniformidad, hay que lograr la unidad en la diversidad de criterios. Que el fin sea la soberanía de la nación y el bienestar del pueblo de Cuba siempre; que las propuestas, caminos e ideas para lograrlo sean varias: algunas serán desechadas, otras asumidas a medias o valoradas en su justa medida… pero entre todas se llegará al destino deseado».

El investigador Fabio Fernández Batista señala que más de una vez la desunión ha pasado factura, y que los éxitos del pueblo cubano han derivado de su capacidad de nuclearse en torno a un proyecto común: la conjunción de fuerzas ha sido el camino para alcanzar las metas propuestas.

«No puede entenderse a la Revolución si se prescinde de los niveles de consenso que esta articuló en torno suyo. El proyecto revolucionario aglutinó disímiles sensibilidades, cosmovisiones e ideologías, dentro del afán por garantizar la justicia social y la soberanía del país. No fue, bajo ningún concepto, capilla estrecha destinada a unos pocos feligreses.

«De cara a los retos de hoy, urge potenciar — a través de todos los mecanismos posibles — la rearticulación del paradigma unitario. El camino hacia tal propósito pasa por el terreno de las realizaciones concretas que cambien para mejor la vida de la gente, así como por la creación de los espacios que permitan la expresión del universo plural que somos en lo social.

«Sin caer en el idealista discurso de la conciliación — el sueño peregrino que apunta a un “todos” que jamás es posible, pues dentro de la sociedad se dan intereses antagónicos — conviene no atizar la polarización, naturalizar el diálogo con el que opina diferente y construir rutas comunes que den espacio a todas las voces dispuestas a participar desde el compromiso con determinados principios no negociables».

El Doctor en Ciencias Históricas refiere que, si la unidad no se muestra como realidad cierta, la nación se verá sometida a turbulencias diversas que limitarán su desarrollo. De la fragmentación de una sociedad nacen los conflictos, la violencia, la disfuncionalidad de las instituciones, la frustración, la apatía y la debilidad frente a los retos que llegan del exterior.

Urgencias en el camino

El Doctor en Ciencias Históricas Frank Josué Solar Cabrales señala que se debe identificar cuáles son los reclamos legítimos, y atenderlos desde nuevos modos de hacer política: «Nuestras instituciones se han acostumbrado a lidiar con las contradicciones y las insatisfacciones a través de mecanismos tradicionales, y creo que deben prepararse para un tipo de interpelación más directa y pública; reaccionar con mayor agilidad, de manera abierta y transparente. Ello obliga a la reproducción de la hegemonía socialista cada vez menos desde el verticalismo y métodos de control administrativo, y cada vez más desde el debate y el consenso».

Para el investigador de la Universidad de Oriente lo que está en liza en la Cuba actual es si se establecerá un orden posrevolucionario que abandone la aspiración comunista y se limite a intentar regular el mercado, y redistribuir con mayor o menor justicia la riqueza obtenida mediante mecanismos propios del capitalismo; o si se renueva y profundiza en el socialismo, teniendo al comunismo como horizonte.

«Esta última opción requiere forzar, a través de la conciencia y la voluntad, dentro de lo que objetivamente es posible, las realidades materiales circundantes. No conformarse con ellas, no dejarse vencer por ellas» resalta.

En tanto, el historiador Luis Fidel Acosta Machado considera que no se puede dejar de reconocer el papel que la Academia y de los científicos sociales — sociólogos, filósofos, economistas, historiadores… — en el análisis razonado, desprejuiciado, de los procesos sociales, económicos y políticos que están teniendo lugar en la Mayor de las Antillas.

«Desoírlos creo que sería suicida, como lo sería desoír a la Academia cubana en su totalidad. Es imperativo para aplicar las transformaciones, remedios y soluciones que se requieran en cada paso del proceso de perfeccionamiento y actualización del modelo social cubano.

«Si la dirección de la Revolución se muestra capaz de separar el grano de la paja, o sea, de asumir que entre aquellos que protestaron, además de vándalos y opositores al proceso cubano, había personas con preocupaciones y demandas legítimas que por una razón u otra no encontraron los causes institucionales para mostrar su descontento, o acudieron a estos y no tuvieron respuestas; o consideraron que manifestarse en las calles era la manera más radical y directa de mostrar sus insatisfacciones o, simplemente, lo hicieron por desesperación y por la necesidad humana del desahogo, entonces el impacto será enorme y beneficioso para la sociedad cubana», detalla.

El docente de la Universidad de La Habana no considera fortuitas o hijas de la improvisación las reuniones que el presidente Díaz-Canel y demás miembros del gobierno y el Partido están teniendo con sectores claves del entramado social, religioso, comunicacional y político cubano.

«Tampoco me parece espontánea la reactivación del proyecto de rehabilitación de los barrios, en especial de los más necesitados y en peores condiciones, muchos de los cuales fueron protagonistas fundamentales de los sucesos del 11 de julio, como La Güinera. Ya se está viendo el impacto político y económico, y muy pronto se comenzará a ver el social».

El Doctor en Ciencias Históricas, Fabio Fernández Batista, explica que a las instituciones le corresponde jugar un rol clave en la articulación de las iniciativas que, con más contundencia, incidirán sobre las necesidades de la ciudadanía; y subraya que deberían actuar, asimismo, como plataformas que canalicen los esfuerzos de autogestión popular generados al interior de las comunidades.

Respecto al papel específico de la Academia como parte del entramado institucional del país, insiste en que ha de participar en la búsqueda de los caminos que ayuden a alcanzar las metas de prosperidad y equidad que la nación se traza dentro de la opción socialista consagrada en la Constitución.

Por ende, desde la visión de Fernández Batista, le compete establecer diagnósticos, proponer líneas de acción, y un diálogo permanente con los decisores y la ciudadanía; además de ir al terreno, palpar el día a día que se vive en los barrios de Cuba y comprometerse con la posibilidad de transformar para mejor el estado de cosas.

«En el ámbito específico de la ciencia histórica, se hace evidente su radio de acción. Desde sus presupuestos se puede establecer el origen de los fenómenos que hoy preocupan, comparar el presente con situaciones análogas ya vividas e insistir en la multicausalidad de los procesos que definen nuestra realidad.

«Para que todo lo mencionado sea cierto, los historiadores tendrán que romper con ciertas inercias que definen al gremio. Asumir de una vez que la Historia no es en exclusiva la ciencia del pasado y que tiene mucho que decir en el diálogo directo con la contemporaneidad. No es momento de torres de marfil ni de silencios».

(1) El uso del término reforma para caracterizar los procesos de transformación acaecidos en Cuba durante los últimos treinta años resulta polémico. Desde lecturas sumamente conservadoras se le endilga contenidos peyorativos ajenos a la noción que se maneja al interior de las ciencias sociales. La identificación entre el concepto reforma y la corriente política llamada reformismo, muy denostada por parte de la tradición marxista, influye sin dudas en esta percepción. Un análisis riguroso de lo acontecido en la Isla en las tres décadas más recientes obliga a emplear el término referido, más allá de que este no haya sido incorporado por el discurso oficial.

*Este material forma parte de una serie de textos producidos por la revista Alma Mater con el concurso de investigadores y especialistas en diversas ciencias sociales, que busca discernir las causas de los acontecimientos del pasado 11 de julio, así como analizar las demandas realizadas y sus posibles resoluciones.

** Para la elaboración del dossier “Desafíos del consenso” se convocó a investigadores sociales de diferentes edades, géneros, colores de piel y procedencias geográficas, bajo la premisa de que las características sociodemográficas individuales también median la interpretación de la realidad. Lamentablemente, por disímiles causas, no todas las personas contactadas accedieron a participar