4. Betancourt, AD, Maduro y el Psuv. ¿Es posible un paralelismo?

Eligio Damas

Eligio_Damas.png

Betancourt fue algo más que aquel presidente del “disparen primero y averigüen después” y el mismo que, pese toda la cantaleta de la ultraderecha de entonces enemiga suya, insistía en llamarle comunista por sus tiempos juveniles, no se amilanó cuando tuvo que acordarse con el capital norteamericano por intermedio de su “amigo” Nelson Rockefeller, en el proyecto de sustitución de importaciones; uno concebido para usar nuestro ingreso petrolero y también nuestra mano de obra, sustancialmente más barata, en beneficio de aquél, en un momento que el mismo andaba desatado buscando donde insertarse dado el elevado  de aquella en su propio país. Y nuestra clase “empresarial”, parasitaria, la llamaron los adecos, no sabía hacer otra cosa que pedir dólares preferenciales sin parar para importar cosas hasta innecesarias y dejar parte de aquellos en cuentas extranjeras.

          Era aquel momento, salvando las distancias, particularidades y toda esa parafernalia que uno pudiera llamar “circunstancias dialécticas”, como que ahora, ese capital externo y hasta imbricado, anda en lo mismo y nosotros, por las razones que bien conocemos, andamos inventando eso que llaman Zonas Económicas Especiales (ZEE) que, según Brito García, a quien no tardarán en caerle encima como a Pascualina Curcio y Tony Boza, por lo de la indexación del salario, están concebidas para que los inversionistas, como que especialmente extranjeros, lleguen a la selva  y hagan lo que les venga en gana, como que a los “indios” que hallen en ella, les esclavicen, una vaina que no pudieron hacer, en lo que ahora llamamos Venezuela, los españoles.

         El “comunista” Betancourt, no obstante, como dije, llamó a Rockefeller y le dijo:

       “Nelson, ya estoy montado en el coroto. Apresúrate y apresura a los tuyos a echarle pichón al negocio porque este burro ya lo tengo maniatado.”

       Mientras, la derecha timorata, aséptica, que se había acordado con él, mediante el “Pacto de Punto Fijo”, pero que antes había concebido y llamado “de Nueva York”, porque nació en esta ciudad, todavía tenía sus dudas y la clase “criolla”, aquella de “Pro Venezuela”, no pasó de lanzar consignas como “la violencia es el arma de quienes no tienen razón”, una que uno vio como muy bonita, pero sólo les sirvió para que el capital gringo entrase como perro por su casa, sin que ellos ofreciesen otra alternativa distinta a la de socios menores y como amanuenses. 

            Tuvo necesidad pues, Betancourt, de quitarse de encima la “mala fama que llevaba acuesta” y no le siguiesen viendo como “un come muchachitos” y lo que es peor, pensando que “en su partido hay un montón de cabezas calientes”, ahora les llaman trasnochados, “como ese “jorunga muertos” o Domingo Alberto Rangel, “el Cabezón” Sáez Mérida y un buró sindical, cuyos miembros que, pese ya están como pasaditos de edad siguen con la totuma o lata de agua en la cabeza y capaces de echar una vaina. Más una juventud que se formó codo a codo con el PCV en la lucha clandestina contra la dictadura.

        Es decir, aquella derecha no era como esta es, por encima de todo, tirapiedras, guarimbera, pone bombas y descaradamente dispuesta y puesta a ponerse de acuerdo con el gobierno de Estados Unidos y mercenarios para que nos jodan mucho más con tal de “ponerle la mano al coroto”.  Y en aquella derecha, había gente de talento, buen gusto y hasta exquisitos escritores, por lo que supo manejar su vaina con más juicio y no permitió, no que los gringos se asomaran y hasta se metieran, sino que no les quitaran la dirección de los asuntos políticos y les dejasen cierto nivel de autonomía. Por lo menos, mantuvieron cierta dignidad y ejercieron el poder hasta determinados límites e incluso, hasta se dieron el lujo de, en algunos momentos, discrepar y desconocer los mandatos de la Casa Blanca. Claro, los gringos y sus capitales, se dedicaron a aprovechar “nuestras ventajas comparativas” en favor de ellos. Y así entró el modelo de sustitución de importaciones, aprovechando las ventajas que ya le ofrecía el de economía de puerto que éramos.

            Cuando Betancourt, en 1959, asumió la presidencia, lo primero que hizo, valiéndose de la torpeza de la izquierda y el progresismo que, un poco como en el universo nuestro de ahora, estaban enfrentados, fue pedir se le permitiese actuar con libertad, sin sujeción a la “disciplina” partidista; es decir sin control del partido. ¡Nada de estar discutiendo en el CEN, CDN o Asamblea Nacional del partido las medidas de gobierno!

           La clase dominante, incluyendo la morisqueta que llamaban la burguesía nacional, aplaudió aquello como un gesto de amplitud democrática y la izquierda, un poco rezongona, terminó por aceptar, ganada un poco por los cobijados en lo de “Pro Venezuela” y por su propia confusión, dadas las características del “Pacto de Punto Fijo”.

         Es decir, Betancourt estaba consciente que “los cabezas calientes”, los izquierdistas, mucha de la gente del movimiento sindical adeco, le iban a estorbar para lo que se proponía. Por lo menos, se podría decir, que le temió al partido o le respetó lo necesario y tuvo necesidad de quitarse aquel peso de encima. ¿Cómo iba a esperar que el progresismo, izquierda adeca, le aprobasen aquel plan acordado con Rockefeller que, además, incluyó una fuerte devaluación del bolívar y rebaja del 10% del salario de todos los trabajadores?

        Él no controlaba el partido, entonces esa era el ardid para zafarse de la disciplina y no ser expulsado y perder el control del mismo que, por hábil, sólo por eso, había venido manteniendo.

        La historia es conocida. El accionar de Betancourt, el ponerse de acuerdo con el capital estadounidense para que inundasen nuestro mercado con sus capitales, nos impusiesen un modelo que ahora, con el bloqueo, se comprende cuánto daño nos hizo, tuvo un rasgo que hasta pudiera tener algo de nobleza o diabólico pero inteligente. Para que el partido no le estorbase, ni se viese él obligado a discutir sus planes en aquellas direcciones llena de gente potencialmente discrepante y de hecho contraria a ellos, pidió le liberasen de la “disciplina partidista”. 

           AD terminó dividida en varios fragmentos, pero no por culpa de Betancourt, ni de los gringos y sus planes, sino por aquellos factores antimperialistas, nacionalistas y democráticos que abundaban en su seno y hasta eran mayoría, que no fueron capaces de percatarse cuánto les unía y optaron por enfrascarse en una lucha o disputa, casi a muerte, por lo poco que les separaba. No era inevitable la división de AD en los términos que se produjo, pudo haber sido de otra manera, pero la izquierda y los otros grupos progresistas, no estuvieron a la altura de las circunstancias y se dejaron manejar por el hábil manipular de Betancourt, siendo este minoría.   

         Lo que en aquella disputa puso Betancourt, fue su habilidad para generar discordias y enfrentamientos entre quienes de él discrepaban y tenían mucho, por demás, en qué acordarse para enfrentarlo.

         Maduro ha ejercido el manejo del Estado y del partido, como una “herencia” de Chávez, pero compartida.  Para nadie es difícil entender que todo aquella, en veces, “caja de sorpresas”, no se podía transmitir en herencia integralmente, de manera homogénea. Si bien es verdad, Chávez pidió a sus seguidores votasen por Maduro, lo hizo, como el mismo lo dijo, por la forma “sobrevenida” como se planteó todo aquello. Había que salir de la emergencia que significaba ganar unas elecciones que se harían en lo inmediato; no había otra forma, como que el Psuv entrase en un debate para solventar aquello y estuviese en condiciones de salir airoso. El liderazgo casi natural, espontáneo, que encarnó Chávez, la fuerte unidad que alcanzó entre los distintos factores de la izquierda y más allá de ella, era y es algo muy difícil de emular.

       Y entonces allí se desató una lucha que ha venido dejando cadáveres y vivos en el camino. Numerosas fuerzas de la izquierda y del progresismo se han apartado del Psuv por diferentes circunstancias y por tanto asunto imposible de abordar ahora en este trabajo.

      Maduro hoy, intentando subsistir, acosado por la derecha, el capital interno y el externo, se ha estado valiendo del control burocrático que él y sus socios circunstanciales, hasta no muy lejos, han ejercido dentro del Psuv, un partido donde la democracia interna se limita, en algunos casos, cuando no lo pueden evitar, a convocar elecciones, como las recientes, màs que todo para conservar su unidad interna. Donde el congreso se reúne para darle a él y sus “aliados circunstanciales”, todo el poder de decisión.

       El proceder de Maduro es distinto al del viejo dirigente adeco; con sus aliados circunstanciales y tácticos internos, se han apoderado del partido y han acordado unas políticas distintas a las que dejó delineadas Chávez en sus discursos, ofertas y en lo escrito  y, más bien parecidas a aquellas a las de Betancourt, salvando las distancias y eso que antes llamamos las “circunstancias dialécticas”, con prácticas que pasan por controlar, casi autoritariamente, al Psuv y, a este, hacerle cómplice de todo.

      Hasta ahora, pese los distanciamientos y rompimientos habidos a lo interno, la disolución del Gran Polo Patriótico, al que Chávez le asignó, con propiedad, un enorme valor estratégico, el Pusv se ha mantenido en calma o bajo control.

      Pero la vida no suele funcionar exactamente como el hombre individual y hasta colectivo la planifica y quiere. El tema salarial, lo relacionado con los contratos de trabajo, las penurias que padece el venezolano en todo lo concerniente a su vida y la propuesta de las Zonas Económicas Especiales, que han venido generando fuerte oposición y rechazo dentro de la militancia del Psuv y sus más cercanos amigos, que tienen referencia en personas como Luis Brito García, Pascualina Curcio, María Alejandra Díaz, Tony Boza y Valdez, están creando un estado de inconformidad que pudieran obligar a Maduro a tomar en cuenta esas opiniones y demandas populares o convertirse y convertir al Psuv, en lo que se convirtieron Betancourt y AD.

        Salvo que, como ya dijimos, el dirigente y fundador de AD, pues le formó con un pequeño grupo de compañeros desde cuando, en sus años juveniles, empezaron esa tarea, hasta llegar a aquel abundante de masas y cuadros, tuvo la previsión y cuidado, dado había perdido el control absoluto, por lo que se disponía a hacer, de pedir al partido le desligase de la disciplina y obligación de acatar los mandatos de las bases y la dirección colectiva. Casi se podría decir que, Betancourt asumió aquello casi personalmente.