3. Primero de mayo en el batey

Eligio Damas

Esto lo escribo en homenaje a los trabajadores todos y muy especialmente a mis colegas, los docentes. A quienes nadie en verdad, estrictamente hablando, reconoce porque la pobreza material nadie celebra ni le concede valor. Y también a mis colegas escribientes, quizás hasta los más ignorados, pues salvo quienes optan por adular para recibir beneficios o logran por su talento convertirse en éxito editorial y en consecuencia en mercancía de las editoriales y sus dueños, invierten su tiempo intentado servir desinteresadamente sin recibir reconocimiento de ninguna naturaleza.

 

Alberto Beltrán, músico, cantante dominicano, compuso y canto el exitoso merengue  “El Negrito del Batey”, en el cual como panfletariamente expresó:

“El trabajar yo se lo dejo todo al buey

 porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”.

 

 

Beltrán, nunca llegó a completar estudios primarios; posiblemente nada supo de los acontecimientos de mayo de 1886.

 

Es sensato pensar que tampoco de las teorías keynesianas y de las de Marx. Pero, por ese “raro sortilegio”, que a los explotados entra por la piel, sintió que el trabajo era un castigo, desde que se convirtió, en el fondo de la historia, en oportunidad y medio para una estafa brutal pero elogiada.

 

El trabajar honra, dicen en las sociedades capitalistas para alienar y disponer al hombre a mansedumbre y explotación. Pero cosa curiosa, quienes resultan beneficiados, poco trabajan. No es frecuente, aunque en veces sucede, que a quien trabajó duro toda la vida y terminó como rodilla de chivo, le exalten. Reconocer a un trabajador ya viejo, hundido en la pobreza, es poner al sistema en evidencia.  “El éxito personal” de la minoría, es la esencia de estas sociedades. Ser pobre, aunque mucho se halla trabajado, denigra.

 

Cuando los hombres empezaron a producir excedentes, dejaron aquello “esto es de nosotros” y optaron por “este para ti, aquel para él y todos aquellos para mí”. A partir de ese momento y no se sabe hasta cuándo, el trabajo se convirtió en eso que Beltrán, jocosamente llamó un castigo.

 

A Indígenas, pescadores, cazadores, recolectores y hasta agricultores incipientes, que trabajan o trabajaban sólo lo necesario para la subsistencia y por la preservación del ambiente, convirtieron en despreciables y hasta flojos y salvajes por no atarse con entusiasmo a la fuerza de trabajo disponible para su propia devaluación.

 

Quienes no se dejen utilizar para aquellos viles fines se les empadrona como díscolos y hasta malos ejemplos. Si se hacen combatientes, ideólogos contra la explotación del trabajo, pasan de simples flojos a enemigos del progreso, bienestar, paz y hasta terroristas. Son pues unos flojos peligrosos.  Los intelectuales se les suele calificar de eso. Tanto que estudiar y escribir no son trabajos si no producen renta y peor si esas habilidades se les usa para combatir la usura, la especulación y la explotación.

 

¿Qué celebramos ese día que llamamos del trabajo? ¿Será la proeza de aquellos obreros, en gran medida anarquistas, que desafiaron el poder del Estado capitalista para denunciar la explotación?

 

¿O celebramos que la explotación continúa viva y campante? Con estos precios y salarios de ahora uno piensa que es eso.

 

El trabajo asalariado destinado a la explotación, cristiana o judía, descendiente de la esclavitud, enfeudamiento, son viles formas de explotación y siendo así, estaríamos celebrando simplemente que hemos hallado formas de prolongar una forma de vida miserable. Todo eso sería un indecoroso eufemismo.

El producir bienes y servicios debe ser una actividad para colmar necesidades, a lo que el hombre debe dedicarse con el entusiasmo que da el sentirse justificadamente útil. Celebrar esto sería no sólo pertinente, sino poético. Es como exaltar la justicia, bondad y entrega por el bienestar colectivo. Trabajo sujeto a explotación no es digno, es más o menos como dijese Beltrán, algo que “hizo Dios como castigo”.

 

Definir al trabajo sujeto a explotación y apropiación indebida del excedente, como tarea digna y celebrable es hacer la jugada de los tramposos. Por eso, no celebremos el día del trabajo, como quien da gracias a Dios por haber encontrado un estafador que nos ata por las canillas a su pretina; convirtamos el momento en jornada para denunciar la explotación, reconocer a muertos y martirizados por haberlo hecho y definir el camino para que el trabajo creador deje ser una mercancía devaluada más que los mecanismos del mercado manipulan indignamente.    

© APICALTERNATIVA- Año: 2020- Revista:  Junio 2020