Cuando comencé a trabajar en la revista Cuba, en 1972, el nombre de Lisandro Otero, que dirigió la publicación hasta 1967, todavía se repetía con insistencia en la redacción. Se hablaba de su dinamismo y estilo de trabajo. No se recibía en su tiempo el seco encargo para un reportaje, sino que redactor, fotógrafo y director lo discutían hasta en sus detalles más nimios antes de que los reporteros salieran a la calle o se fueran a provincia a acometerlo y en aquella discusión cada cual aportaba sus ideas que a la larga coincidirían en el mismo propósito, el de conseguir el mejor material posible. Los más viejos en la redacción, como el fotorreportero Ernesto Fernández, compañero suyo desde sus días en el periódico Revolución, acumulaban muchas anécdotas que gustaban contar, y el inolvidable Baltasar Enero, seudónimo de José Jorge Gómez, facilitaba a los nuevos el Decálogo del buen redactor, texto en que Lisandro sintetizó algunas recomendaciones para los que se iniciaban en el oficio, y que del existía una sola copia maniáticamente conservada por Enero.

            Entonces no se hacía periodismo en la revista Cuba; se vivía. Los números se analizaban una vez publicados, y nadie se preocupaba de que hoy le tocara un reportaje menor porque sabía que en la próxima entrega o en la siguiente, haría el reportaje central. Fue la norma que impuso Lisandro en aquella revista a la que llamó a colaborar a los escritores más importantes del momento (Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Roberto Fernández Retamar, Onelio Jorge Cardoso…) y a los fotógrafos de mayor prestigio, como Korda, Mayito, Gasparini, Salas, Liborio, Corrales, Ernesto.  Se empeñó en reflejar la realidad cubana en una revista hermosa y amplió su diapasón para dar más amplitud en sus páginas a la temática cultural. Tuvo otro acierto. Consolidó, bajo la dirección de Frémez, todo el aspecto gráfico, con lo que las fotos y la tipografía quedaron bajo un mando único. Diseñadores de la talla de Rostgaard y Raúl Martínez diagramaron muchos de los materiales que allí se publicaron. Se contó con portadas que de manera especial hicieron Mariano y Portocarrero, y con las caricaturas de David. Allí animó el germen de La ciudad de las columnas, con un foto reportaje de Gasparini con texto de Carpentier. En ese momento todavía existían revistas como París Match y Life, en gran formato, papel couchet, grandes tintas, cuatricromías. Por orientaciones del Comandante en Jefe Fidel Castro, la revista Cuba, que comenzó a aparecer en 1960, se concibió a partir del modelo de Life. Y siguió en lo posible esa pauta. Una publicación suntuosa, extraordinariamente opulenta, que basaba su boato, sobre todo, en los recursos tipográficos. 

            Lisandro Otero fue un director de lujo, que, a diferencia de los que vinieron después, designados de dedo, ganó su puesto por méritos propios. En el mismo año en que asumió la dirección, su novela La situación le valió el Premio Casa de las Américas, y era el autor de Cuba: ZDA, que con sus 40 000 ejemplares publicados y agotados entre junio y agosto de 1960, es el primer best seller de las letras cubanas.  Largo era el camino que había recorrido hasta entonces. Hijo de un destacado periodista que presidió la Asociación de Reportes y el Colegio Nacional (“Un hombre que hizo mucho por la clase”, puntualizaba siempre Juan Emilio Friguls) Lisandro nació prácticamente en el periódico El País y allí dio a conocer su primera crónica –sobre Handel-  con 17 años de edad. Una entrevista memorable con Stravinsky marcó, en 1951, su inicio como colaborador de Bohemia. Al año siguiente está en México como corresponsal de la publicación de Miguel Ángel Quevedo, que lo mandó a Europa en 1955. Con París como centro es largo su periplo por el viejo continente. Saltó a Argel. Eran los días de la guerra de liberación contra Francia y su reportaje Lo que yo vi en Argelia le valió el Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez, una de las más importantes distinciones en el sector antes de 1959. 

            Ya de regreso a la Isla, sin abandonar sus colaboraciones en El País, se incorpora al equipo de la sección En Cuba, que coordinaba, en Bohemia, el maestro Enrique de la Osa. Páginas influyentes y temidas porque exponían sin tapujos ni componendas las incidencias de la vida nacional, lo que le granjeó poderosos enemigos y fieles aliados y convirtió a Bohemia en una potencia política y a Quevedo, su director-propietario, en alguien tan importante como un primer ministro, al punto de que llegó a decirse que la dirección de dicha revista era la segunda posición de la República.

En 1958 escribe en Diario Nacional la leidísima columna Menú, y es jefe de información del Canal 12 de la TV. Ante sus cámaras y micrófonos, el 1 de enero de 1959, rompe el protocolo informativo de las restantes televisoras que seguían llamando Honorable Señor Presidente a Batista y aludían a “importantes acontecimientos” sin mencionarlos en concreto, y, al igual que Carlos Lechuga en Telemundo, llama a ladrón y asesino al dictador en fuga antes de dar paso a todo un desfile de jóvenes que salían de las prisiones y de mujeres que clamaban por sus hijos desaparecidos. Pasa, en 1959, a trabajar en el periódico Revolución, órgano del Movimiento 26 de Julio, organización que, durante la clandestinidad, lo tuvo entre sus colaboradores.

            El país empieza a transformarse. Se promulga la Ley de la Reforma Agraria, y Lisandro quiere registrar esos cambios en un libro que será Cuba: ZDA (zona de desarrollo agrario).  Recorre en lo que puede 10 000 km de la geografía nacional. Conversa, para captar la imagen del país, con campesinos, obreros, maestros, sacerdotes, terratenientes, estudiantes. Es Cuba la que habla en tiempos de Revolución y el periodista quiere que su reportaje sea un testimonio fiel de la realidad, sin racionalizaciones ni interpretaciones de los hechos concretos.  Algo similar hará en otro reportaje suyo, En busca de Viet Nam, publicado en 1970 con 30 000 ejemplares agotados. Dice: “A menudo las acciones del pueblo vietnamita se muestran borrosas bajo la hojarasca de adjetivaciones. Preferí, por tanto, mostrar el hecho escueto y dejar que el lector extrajese por sí mismo sus propias conclusiones. Quise lograr una objetividad que subraye, con mayor fuerza, la epopeya. Quizás esa objetividad pueda parecer a ratos fría y desapasionada. No hay tal. Es imposible permanecer impasible ante la tragedia. Ser ajeno a las glorias. Pero me pareció que ese estilo expositivo, sin editorializar, sin forzar conclusiones, mostrando lo que vi, era la forma más convincente de entregar mi testimonio”.  Cuando le preguntaron cómo escribió Cuba: ZDA, respondió que lo hizo con un par de ojos, un par de oídos y una libreta de notas. Buscó a Viet Nam valiéndose de los mismos elementos. Vendrían después, en esta línea de los libros periodísticos, Clave para Matta (1984) larga entrevista con el fecundo pintor chileno, y antes, Razón y fuerza de Chile (1980) sobre el comienzo y el fin de proceso de la Unidad Popular que encabezó Salvador Allende. Vivió el escritor esos años en Chile y, a la hora de escribir, conjugó sus vivencias y recuerdos con una extensa información escrita. Avisos de ocasión (Unión, 2006) compiló sus crónicas publicadas en la prensa mexicana. 

            No solo a la revista Cuba estuvo vinculado Lisandro Otero. Fue fundador, junto a Nicolás Guillén, de La Gaceta de Cuba, en 1962, y de otra revista cultural, en México. Arena, suplemento del periódico Excélsior, una publicación seria, con mucha dignidad y buenos colaboradores que contaba con una tirada de 100 000 ejemplares. Y obligado es referirse a su paso por Revolución y Cultura –RC- cuya dirección asumió en 1967.

            De aquella revista suntuosa que fue Cuba, pasaba Lisandro a una revista austera, con papel gaceta y con un pobre cartón de cubierta, sin fotos ni ilustraciones. Lo importante en ella no era el despliegue visual, sino el contenido. No todo lo que aparecía en sus páginas era inédito. Decidió su director que RC podía publicar cosas ya publicadas en revistas y periódicos del exterior a fin de llenar el vacío de información y conectar a la gente con lo que pasaba en el mundo. Abrirse al pensamiento de vanguardia, darlo a conocer al público cubano, diseminar lo que se fraguaba en otras latitudes, poner al día al lector nacional sobre los nuevos movimientos ideológicos y culturales, las transculturaciones, las grandes luchas, las confrontaciones del momento.  Las cosas eran fáciles para los editores entonces; no se pagaban derechos de autor.

            RC contó con un consejo de dirección de lujo. Carpentier y Nicolás. Titón y Alfredo Guevara. Retamar y Fornet, Mariano Rodríguez y Jaime Sarusky. Antes de que apareciera el número inicial, Lisandro publicó un artículo en el que se explicaban las intenciones de la publicación; una revista profunda, pero pobre en lo material, y Aurelio Alonso, que también formaba parte del consejo, lo refutó diciendo que nada tenía que ver la calidad del papel con la calidad y profundidad de los materiales que en ella se publicaran.  No paró ahí la polémica. En el RC2, Lisandro tituló su editorial La razón en la caballería. Martí escribió: “La razón si quiere guiar tiene que entrar en la caballería”, y Lisandro advertía al final de su texto que toda querella revolucionaria debía concluir en la acción o se invalidaba. Dicho en otras palabras: para ser revolucionario había que combatir con las armas en la mano. Como consecuencia, renunció el consejo. La ventisca se intensificó cuando Jorge Serguera, presidente entonces del ICRT, dijo en un artículo que la poesía de Nicolás Guillén fue revolucionaria antes de 1959, pero que en esos momentos la verdadera revolución estaba en la poesía de Reinaldo Castro, un machetero que cortaba la caña por miles de arrobas. Disgusto de Nicolás, por supuesto y su negativa a seguir apareciendo en la revista. 

            Era la época, diría después Lisandro Otero. La Habana de los años 60 estaba erizada de cañones y cualquier miliciano subía a una guagua con la metralleta en la mano como la cosa más natural del mundo. RC dejó ganancias y hoy los coleccionistas buscan sus números. Publicó muchas de las ponencias que se dieron a conocer en el Congreso Cultural de 1968 y dedicó entregas a la lucha guerrillera en Guatemala, la rebelión estudiantil y los negros en EE UU. Doce años antes de que las computadoras tuvieran un uso masivo, abordó el tema de la cibernética y los cerebros electrónicos. El estructuralismo. El teatro popular. Fue, diría Ambrosio Fornet, una manera de colocarse, de entrar de lleno en el mundo moderno y ser contemporáneos de todos los hombres. 

            Decía Lisandro que había ido a Argelia, en los días de su lucha contra el colonialismo, por la necesidad de experiencia y el deseo de reeditar las andanzas de Hemingway y Malraux y también por su interés por observar de cerca ese proceso. Se vería inmerso en algunas de las mayores conmociones del siglo XX. Aparte de las ya mencionadas, asistió a la revolución cultural china, vio cómo levantaron el muro de Berlín y cómo lo derribaron y conoció el inicio de la perestroika en Rusia. Diría: “No habría sido quien soy de no haber vivido esas experiencias que formaron o modificaron mi visión del mundo. Creo que aprendí a entender la caducidad de las instituciones humanas, la volatilidad del orden constituido, las posibilidades infinitas que encierra todo intento de cambiar la vida”. 

            Nunca estableció distingos entre periodismo y literatura. Hablar de ellos como entes dispares era para él como tratar de hallar las diferencias entre dos gemelos por el largo de la nariz. Durante sus últimos años, luego de establecerse en México y tras su regreso a Cuba, volvió al periodismo con nuevos bríos. Escribía un artículo diario, incluidos sábados y domingos, que entregaba a una cadena de 64 periódicos. No vio dualidad entre periodismo y narrativa. De hecho, muchas de sus novelas partieron de una indagación periodística, y la literatura, por otra parte, le ayudó a practicar un periodismo más observador, profundo e intenso. Cuando le preguntaron que, si no lo agotaba el ejercicio diario del periodismo, dio una respuesta tajante: “Uno solo se agota cuando acomete tareas que le desagradan”.

            El también autor de Pasión de Urbino, Charada y Árbol de la vida falleció en La Habana, en enero de 2008, a los 76 años de edad. Recordemos al brillante periodista que fue en este aniversario de su muerte.