4. ¡Claro! Groudeau se quedaría como Procónsul. No habla paja J. Rodríguez, se siente en “La Piel”

Eligio Damas

“Si hubiesen perdido la guerra, cosas peores se verían en América; para sentirse héroes, todos los vencedores, necesitan ver estas cosas. Tienen necesidad de meterle el dedo a una pobre chica vencida.”

 

 “Tu también has ido a verla”, dijo Jimmy el soldado americano de las fuerzas que tomaron Nápoles. “Y por qué tu, vencido, has ido a verla.”

 

“Porque soy un miserable, porque tengo necesidad de ver estas cosas, para sentir que soy un vencido, un desgraciado.”

 

Todo lo anterior, entre comillas, es tomado de “La Piel”, la célebre obra del escritor italiano Curzio Malaparte. Una novela que fue de imprescindible lectura para los jóvenes de mi tiempo y una excelente referencia para conocer del proceder de los vencedores, aunque los pudiera amparar toda la creatividad y buena fe de la gente que “anhela la libertad”. Jimmy es un soldado americano que ha entrado con los suyos a la toma de Nápoles durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y la derrota de las fuerzas de Mussolini o del fascismo. Su interlocutor y narrador de la novela, un presunto soldado del fascismo, “un vencido, un desgraciado”.

 

 El narrador cuenta toda la crueldad de la guerra, del fascismo y de quienes acudieron a salvar a Europa de aquel mal. Los vencedores, dice él, con dolor y hasta ironía, tienen necesidad, para sentirse héroes, hasta “de meterle el dedo a una chica vencida”. Y esa frase ya es buena para referir todo lo horrendo que deparó la guerra con la llegada de las tropas que fueron a combatir el  fascismo, todo lo malo que eso fue y de lo que todo el mundo conoce, sino de las que presuntamente a Europa y, especialmente a Nápoles, llegaron a liberarlos del fascismo, a darles libertad.

 

La he recordado ahora porque viene a cuento cuando se planean invasiones con fuerzas extranjeras sobre nuestro territorio. A Europa la convirtieron ellos mismos, los europeos, en el centro de una guerra espantosa, donde las fuerzas norteamericanas terminaron interviniendo no por defender libertad alguna, sobre todo que le era ajena, sino por el temor que aquella guerra o las consecuencias que de ella se derivasen se les viniesen a su espacio. La literatura norteamericana de entonces está llena de ese miedo.

 

Y la he recordado, por el temor que infunden operaciones como Gedeón, se nos borre y hasta anule todo la gloriosa historia de Bolívar, Sucre y hasta Miranda. Toda esa proeza, grandeza, heroicidad hubiese perdido significado y valor, viendo a Venezuela volver bajo el dominio de un Procónsul extranjero; algo hasta más nefasto que un Capitán General. ¡Cuánto dolor le hubiésemos causado a aquellos mártires!

 

 Porque sí, es como Jorge Rodríguez dice, de haber sido exitosa una operación como Gedeón, sus conductores, capitanes o líderes, hubiesen terminado como Procónsules y hasta dueños del país. 

 

Como marcha el país y hasta la cabeza de la gente, tal como carritos chocones, debo advertir que lo que digo no tiene el interés de respaldar al ministro, pues sigo siendo y ahora anciano no voy a dejar de serlo, un extraño hombre, quizás un “unicornio azul”,  que al contrario de lo que decía aquella vieja frase que nos vino del gomecismo, “prefiero jalar escardilla al sol y no bolas a la sombra”. Mis diferencias con el gobierno son muy hondas y pasan por cosas inimaginables para muchos, casi sutiles,  como el concepto de partido, el liderazgo, hasta llegar a lo que casi todo el mundo interés le presta. Pudiera parecer una metira, pero es cierto, aquellas cosas me interesan más que mi salario. Pero hay en mí el interés de decir las cosas como son, no porque se me antojan, sino por lo que dice la historia y dicta la sensatez.

 

Hay vieja frase que pese su vejez sigue siendo tan sabia como cuando nació, “cada quien arriba la brasa a su sardina”. Y ella tiene que ver con la presencia de las fuerzas invasoras en el territorio nacional.

 

Es muy inocente imaginar a Goudreau, si soñamos como soñó con Guaidó, que tomarían a Venezuela con 800 hombres, eliminaran a quienes tuviesen que hacerlo, como Maduro, Padrino, Cabello y cada quien agregue a quienes crea deberían estar en esa lista, pusiesen bajo su mandato por la intimidación, terror a todas las fuerzas que fuesen necesarias, lo que demandaría cierto tiempo, que optase por irse apenas estuviese entrando. La más mínima sensatez, sugiere que habría una, sino la quieren llamar fuerte, seria, por lo menos, mínima resistencia que demandaría tiempo para someterla.

 

Pero esa misma aunque poca sensatez, también sugiere, que no se podrían ir dejando a Guaidó a cuenta de unas fuerzas no cohesionadas y mucho menos sometidas a su estricto mandato. Por eso, sin que J. Rodríguez lo haya dicho, todo aquel sensato, aunque le tenga fobia y hasta nada le crea, como que eso está en el  contrato, por esa mínima sensatez, debe imaginar que ese debía ser el proceder. ¿Cómo irse a la carrera, por dejar como virgen a una independencia ya violada, habiéndole metido el dedo a la niña ya vencida, sin pensar que en su ausencia la humillada, ultrajada, pudiese levantarse a reclamar por su pudor?  

 

Es decir, no es necesario me digan que eso está en un contrato y que en este a Goudreau nombraron Procónsul y con la competencia para decidir en todos los asuntos de Venezuela, sabiendo, por lo que historia por demás enseña y hasta el simple sentido común, que en la práctica así sería. “Tú no te puedes ir, llevarte tu gente, toda tu parafernalia de guerra, dejándome en medio de esta gente que hasta ayer mismo fue mi enemiga, para que apenas des la vuelta en aquel promontorio, se vuelvan contra mí”. “Esperemos que las bestias se calmen, las aguas tomen su nivel, de lo que te encargarás con tu capacidad persuasiva, para que puedas irte”. Quizás, o mejor es seguro, que Goudreau, que no es Goudreau, es todo un conjunto de cosas por encima de él, quiera quedarse y lo quiere, está en su lógica, pero el contratante, Guaidó, aunque eso no estuviese establecido en el acuerdo, terminaría pidiéndoselo: “¡No ye vayas todavía, mi pana! ¡No me dejes sólo en medio d esta incertidumbre y en medio de estas fieras fingiendo ser corderos!

 

 ¿Sí Goudreau, que es el Rambo en la imaginación que genera el cine americano y hasta en nuestra gente ha cultivado su prestigio de imbatible, aunque cruel y nada inteligente, pero osado, lo suficiente para admirarle y asignarle atributos que no tiene, entra en Venezuela triunfante, hasta aplaudido por unos cuantos, porque eso forma parte de la realidad, aunque de esos a sus hijas “les metan el dedo” y habrá hasta quienes se las lleven para que se los meta, va sentirse tentado a salir con prontitud?

 

Groudeau es un mercenario. Es decir la guerra es su negocio, lo suyo es la ganancia. Por un contrato que firmaron bajo las leyes gringas y sin duda las argucias de abogados expertos en esas lides, debe esperar le paguen como en el contrato dice y hasta como él, el vencedor y hasta pacificador, después  disponga. 

 

Pero una cosa debe estar ya en la cabeza del lector o espectador de esta historia, en ella, aunque no aparezca en el texto, en el contrato y la narrativa toda y tampoco en el escenario, presente está toda la fuerza legal, económica y armada que protege a Goudreau. Porque él, pese su fama, prestigio hasta bien fundamentado de guerrero audaz, no es más que una pieza de segundo orden, un alfil, un caballo en un tablero de ajedrez por los dioses manejado. 

 

Entonces, Goudreau propiamente dicho, el que se encarga de portar las armas y armar las paradas, se iría cuando se sienta satisfecho, pero en definitiva cuando el jugador decida su jugada y su partida.

 

Y nos meterán el dedo hasta que se cansen. Y habrá entre nosotros quienes disfrutarán eso nos hagan, porque, parafraseando al personaje de “La Piel”,  tenemos mucho de miserables, necesidad de ver estas cosas, para sentir que estamos  vencidos, somos unos desgraciados.

 

¿Crees amigo mío, colega, trabajador que lo que Goudreau representa pondría algo de interés en lo que ustedes le preocupa? ¿Habrá alguna coincidencia entre los intereses de ellos y los nuestros? 

 

 En nosotros está la solución, sólo en nosotros.

© APICALTERNATIVA- Año: 2020- Revista:  Junio 2020